El sabio y la mariposa

Había un padre que vivía con sus dos jovenes hijas, niñas muy curiosas e inteligentes.
Sus hijas siempre le hacían muchas preguntas.
Algunas, las sabía responder, otras, no tenía la mínima idea de la respuesta.
Como pretendía ofrecer la mejor educación a sus hijas, las envió para pasar las vacaciones con un viejo sabio que vivía en lo alto de una colina.
Este, a su vez, respondía todas las preguntas sin dudar.
Muy impacientes con esa situación, pues constataron que tal anciano era realmente sabio, decidieron inventar una pregunta que el sabio no supiera responder.
Pasaron algunos días y una de las niñas apareció con una linda mariposa azul y dijo a su hermana:
"¡Esta vez, el sabio no va a saber la respuesta!"
"¿Qué vas hacer?" Le preguntó la otra niña.
"Tengo una mariposa azul en mis manos. Voy a preguntarle al sabio si la mariposa está viva o muerta. Si él dijera que está muerta, voy a soltar mis manos y dejarla volar hacia el cielo. Si él dijera que está viva, voy apretarla rápidamente, aplastarla y, así, matarla. Como consecuencia, cualquier respuesta que el anciano nos dé va a estar equivocada."
Las dos niñas fueron, entonces, al encuentro del sabio, que estaba meditando bajo un eucalipto en la montaña.
La niña se acercó y le preguntó si la mariposa en su mano estaba viva o muerta.
Calmo, el sabio sonrrió y le respondió:
"Depende de usted. Ella está en sus manos."
Así es nuestra vida, nuestro presente y nuestro futuro.
No debemos culpar a nadie porque algo salió mal.
El fracaso es apenas una oportunidad de comenzar nuevamente con más inteligencia.
Somos nosotros los responsables por aquello que conquistamos o no.
Nuestra vida está en nuestras manos, como una mariposa azul.
Nos cabe a nosotros elegir que hacer con ella, sólo a nosotros. No deje que nadie interfiera en eso. ¡Nunca!
Publicado por Obispo Edir Macedo
El Sabio y el Escorpión

Una vez, en la India, un sabio paseaba, con su discípulo, al margen del río Ganges, cuando vio un escorpión que se ahogaba. Entonces él corrió, y con la mano, saco el animalito y lo trajo a tierra firme. En aquel instante, el escorpión lo pico. Dicen que es un dolor terrible. La mano del sabio se hinchó. Así que él lo colocó en el suelo, pacientemente, el escorpión volvió al agua. Y él, con la mano hinchada y aquellos terribles dolores, fue y lo saco nuevamente, y él discípulo lo observaba. La tercera vez que el trajo el escorpión, con la mano bastante hinchada y los terribles dolores, él lo colocó en tierra más distante. El discípulo no soportó más aquello, y dijo: "Maestro, no estoy entendiendo. Este animal... es la tercera vez que mi señor lo retira del agua y de esta manera pica su mano. Mi señor debe estar sufriendo dolores horribles." Y él con la fisonomía plácida de las almas que conocen el secreto del bien, de aquellos que ya realmente conquistaron un territorio de amor y de renuncia en el corazón, que han visto las verdades celestes, se dirige hacia el discípulo y le dice: “¡Mi hijo, mientras que la naturaleza de él es la de picar, la mía es de salvar!”
Publicado por Obispo Edir Macedo
El sabio y la vaquita

Había una vez, en una tierra lejana, un sabio chino y su discípulo. Cierto día, en su caminata, vieron a lo lejos una cabaña. Al acercarse, notaron que, a pesar de la extrema pobreza del lugar, la casita estaba habitada. En aquella zona desolada, sin plantas ni árboles, vivía un hombre, una mujer, sus tres pequeños hijos y una vaquita flaca y cansada. Con hambre y sed, el sabio y su discípulo pidieron abrigo por algunas horas. Fueron bien recibidos. En cierto momento, mientras comía, el sabio preguntó:
“Este es un lugar muy pobre, lejos de todo. ¿Cómo sobreviven?”
“¿Usted ve aquella vaca? De ella sacamos todo nuestro sustento”, dijo el jefe de la familia. Ella nos da leche, que tomamos y también transformamos en queso y cuajo. Cuando sobra, vamos a la ciudad y cambiamos la leche y el queso por otros alimentos. Es así que vivimos.
El sabio agradeció la hospitalidad y partió. Ni bien hizo la primera curva en el camino dijo al discípulo:
“Vuelva, agarre a la vaquita, llévela al precipicio de allí adelante y tírela hacia abajo.”
El discípulo no lo creyó.
“¡No puedo hacer eso, maestro! ¿Cómo puede ser tan ingrato? La vaquita es todo lo que ellos tienen. Si la tiro al precipicio, no tendrán como sobrevivir. ¡Sin la vaca, se mueren!”.
El sabio, como todos los sabios chinos, apenas respiró hondo y repitió la orden:
“Vaya y empuje a la vaca en el precipicio.”
Indignado, pero, resignado, el discípulo volvió a la cabaña y, suavemente, condujo al animal hasta el borde del abismo y lo empujó. La vaca, como era previsto, se estrelló allí abajo.
Pasaron algunos años y durante ese tiempo el remordimiento nunca abandonó al discípulo. En un cierto día de primavera, carcomido por la culpa, abandonó al sabio y decidió volver a aquel lugar. Quería ver qué era lo que había sucedido con aquella familia, ayudarla, pedirle disculpas, reparar su error de alguna manera. Al doblar por el camino, no creyó lo que sus ojos vieron. En el lugar de la cabaña desierta había un lugar maravilloso, con muchos árboles, piscina, un auto importado en el garaje, una antena parabólica. Cerca de la parrilla, había tres adolescentes robustos, celebrando con su padre el primer millón de dólares ganado. El corazón del discípulo se congeló. ¿Qué le había sucedido a esa familia? Seguro que, vencidos por el hambre, fueron obligados a vender el terreno e ir a otro lado. En ese momento, pensó el aprendiz, deben estar mendigando en alguna ciudad. Se acercó, entonces, al casero y le preguntó si sabía el paradero de la familia que había vivido allí hacía algunos años.
“Claro que sé. Usted la está mirando”, dijo el casero, apuntando a las personas alrededor de la parrilla.
Incrédulo, el discípulo pasó el portón, dio algunos pasos y, llegando cerca de la piscina, reconoció al mismo hombre de antes, sólo que más fuerte y altivo, la mujer más feliz, los chicos, que se habían convertido en saludables adolescentes. Espantado, se dirigió al hombre y le dijo:
“Pero ¿Qué sucedió? Yo estuve aquí con mi maestro hace un año y este era un lugar miserable, no había nada. ¿Qué hizo para mejorar tanto su vida en tan poco tiempo?”.
El hombre miró al discípulo, sonrió y respondió:
“Teníamos una vaquita, de la que sacábamos nuestro sustento. Era todo lo que teníamos. Pero, un día, se cayó en el precipicio y murió. Para sobrevivir, tuvimos que hacer otras cosas, desarrollar habilidades que ni sabíamos que teníamos. Y fue así, buscando nuevas soluciones, que hoy estamos mucho mejor que antes”.
(Autor desconocido).
Publicado por Obispo Edir Macedo




