"No elegimos venir al mundo, pero tenemos derecho de elegir donde vivir la eternidad."
15
Ago2010

¿Cuánto vale un alma?

Untitled from webiurd on Vimeo.

Publicado por Obispo Edir Macedo

10
Abr2010

Venciendo el infierno – Capítulo 05 (Final)


Este es el testimonio de Renato Pimentel, un hombre que conoció de cerca y se relacionó directamente con las manifestaciones más malignas de las tinieblas. Sirviendo al diablo, declaró su odio al obispo Macedo, llegando a perseguirlo personalmente. Hoy, él es un miembro fiel de la IURD de Botafogo, en Río de Janeiro. Lea también los capítulos 1, 2, 3 y 4 del testimonio.


A mediados del año 1998, en la Copa del Mundo de Francia, nació nuestra hija. Una linda niña, muy bendecida, que el demonio la intentó tocar, pero que por la misericordia de Dios, no lo consiguió ni acercársele.

Como él no podía tocarla, embistió en nuestra vida conyugal una vez más. Hizo que hurtaran en mi auto, llevándose varias pertenencias de valor que estaban dentro. Eso me llenó de odio y me hizo buscar al autor del hurto por meses y horas sin interrupción. No había día ni horario. Me quedaba hasta el amanecer merodeando el barrio para ver si descubría quién había hecho aquello. Con eso, una vez más mi relación estaba yendo por el caño y yo, cegado por el odio, no lo percibía. Me olvidé que mi hija había nacido y no le prestaba atención en casa, sólo quería agarrar al desgraciado que había hurtado mi auto. Mi mujer y yo no teníamos más diálogo. Nuestra forma de tratarnos se basaba en insultos y agresiones verbales. En varias oportunidades casi nos separamos, pero eso no estaba en los planes de Dios.

Yo continuaba tomando, fumando, pero ya había dejado el centro de macumba, y continuaba siendo amigo de una persona misteriosa, sin identidad, que surgía y desaparecía de la nada, pero él era mi héroe. Me había salvado de la muerte, ¿no es cierto? ¡Maldito engañador! ¡Derrotado! ¡Que rabia me da sólo recordar los años y minutos de mi vida que perdí dedicándoselos a este maldito del infierno!

En el 2000, cierto día, me di cuenta que mi mujer estaba toda roja, con las rodillas raspadas. Era muy extraño, pero no le comenté nada y seguí con la mía. Comencé a observarla y descubrí que ella estaba yendo a la Iglesia Universal. En el principio, me quedé poseído, pero después fui dejando que las cosas pasaren y no dije nada más. Me burlaba de ella, la llamaba de tonta. Le decía que los pastores sólo querían su dinero; que en aquella iglesia sólo había ladrones. Le preguntaba por qué no se iba a vivir a la Iglesia de una vez, ya que pasaba la mayor parte del tiempo allí dentro, en fin, sólo decía lo que el diablo quería que yo dijera.

La lucha de ella fue muy grande, pues ella había intentado suicidarse y no lo había logrado, pero, yo no sabía nada y aunque supiera no hubiera tenido la suficiente sabiduría para manejar la situación. Y yo, en mi arrogancia y prepotencia, hacía el juego del diablo, intentando sacarla de Espíritu, ofendiéndola, peleando con ella, diciendo una gran cantidad de burradas, atormentándola de todas las formas que conocía. Pero, ella siguió luchando, luchando. Luchó durante 5 largos años, hasta que, en 2005, en un día martes, resolví acompañarla a una reunión de descarga. ¡Fue una locura! Hoy comienzo a reírme de mí mismo cuando recuerdo el episodio. No recuerdo mucho, pero en ese día ya había tomado bastante y la intención era ir a la iglesia a ofender a los pastores.

Recuerdo la iglesia muy llena y las personas gritando (orando) muy fuerte. Todo aquel barullo me molestaba, me irritaba mucho, sin rumbo, queriendo salir de allí lo más rápido posible, pero, mis piernas no me respondían. El pastor decía que cerráramos lo ojos para orar y yo no cerraba nada, los dejaba bien abiertos para ver si veía alguna brecha o algo raro que pudiera confirmar que todos eran engañadores; que todo eso estaba armado. Para mí, esas personas que manifestaban con los espíritus eran actores contratados por los pastores, para representar allí delante del “escenario” (altar), para amedrentar a las personas y hacer que ellas dieran todo el dinero que tenían en sus bolsillos, para que el mal no las agarrase después. “¡DIOS MIO, PERDONAME POR TANTA IGNORANCIA Y BLASFEMIA!”.

Esa fue la primera vez que vi a mi mujer manifestada con un demonio dentro de la Iglesia. Afuera la había visto, pero dentro de la Iglesia es diferente. El demonio vino agazapado, con miedo, gritando cosas incoherentes, amenazando a todo el mundo, tirándose en el suelo, haciendo un montón de payasadas, intentando intimidar a los pastores y fieles que estaban presentes en la reunión. Sólo que observé que de actuación allí no había nada, porque, conociendo a mi mujer como la conocía, sabía que ella jamás iba a prestarse a hacer un papel ridículo como aquel. Fue cuando comencé a percibir que dentro de aquella iglesia había una fuerza mayor que la del mal, y que todo el infierno temblaba por medio del nombre del Señor Jesucristo.

A partir de ahí, comencé a ir la Iglesia Universal, pero fue una entrega total, con mucho respeto y cariño por aquellos pastores y obreros, que antes eran llamados ladrones y engañadores por mí, y con mucho amor y dedicación a Dios.

El diablo se enojó de una forma tan grande que cualquier cosa que yo dijera, elogiara, abriera mi boca para hablar sobre algo, salía mal, la cosa se quebraba, desaparecía, en fin, él resolvió desordenar mi vida de una vez.

Fue cuando me enojé con el capeta y fui al centro espiritista a tomar mis cosas. Cuando el demonio supo de mi intención, vino hacia mi y me dijo que si yo salía de allí, él me iba a matar. Yo no aguanté. Me reí fuerte a carcajadas en su cara y le dije que entrara en la fila y esperara su turno, porque él no era el primero, ni el único y que había un montón de gente queriendo hacerme eso también. Y que él fuera a quejarse con Dios, porque A PARTIR DE AQUEL INSTANTE YO SERVIRÍA SOLAMENTE A UN DIOS; EL DIOS ÚNICO, OMNIPOTENTE, OMNISCIENTE Y OMNIPRESENTE; EL DIOS VIVO, EL DIOS DE ISRAEL, EL PADRE DE LAS LUCES, EL SEÑOR DE LOS EJÉRCITOS. Allí él dio un grito inmenso e intentó tirarse sobre mí. Yo me quedé parado donde estaba y me quedé sólo mirando su cara. Sus ojos brillaban de odio. El bicho espumaba, ¡babeaba! Decía incoherencias excomulgándome. Y yo permanecía allí, parado, confiado, pues tenía plena certeza de que estaba revestido y protegido con la armadura de Dios y sabiendo que ningún mal me podía alcanzar. Di media vuelta y me fui a mi casa, dejando al derrotado atrás y nunca más puse mis pies en una casa de encostos.

A partir de aquel momento, la embestida de la bestia sobre mí fue cruel. Él no me dejaba en paz en ningún momento. Sabía que yo estaba de nuevo en la fe y que si él insistía tal vez conseguiría apartarme de Dios y traerme de vuelta al reino de las tinieblas.

Sólo que esta vez el idiota se rompió la cara. Cuanto más me golpeaba, más me fortalecía mediante la presencia de mi Dios. Cuanto más padecía, más oraba y ayunaba. Parecía un loco caminando por la calle quemando al demonio. Donde yo estuviese, que sintiese la presencia del maldito a mi alrededor, de inmediato comenzaba a orar y a quemar, pidiendo fuerzas a Dios y sabiduría para manejar ese momento de debilidad. Y Dios me iba honrando y bendiciendo casa vez más. Fue cuando hice una alianza con Dios y entregué totalmente mi vida y la de mi familia en Sus manos y en las de Jesús, firmando un pacto de que nadie de mi familia partiría sin estar totalmente salvo. En ese mismo día, me bauticé en las aguas.

En 2005, en una de las últimas manifestaciones del demonio en mi esposa, nos fue revelado que él estaba actuando en nuestra vida conyugal por el hecho de no estar realmente casados delante de Dios. Fue cuando, el 16 de noviembre de 2005, Claudia y yo nos casamos oficialmente en la Catedral de Botafogo y en el civil, regularizando así nuestra relación delante de Dios. El diablo daba saltos de odio. ¡El infierno se estremeció ese día!

Como el desgraciado no conseguía tocarme más, ni a mi relación, comenzó a rondar a mi familia, golpeando a mi hijo, mis padres, mi hermano. Él se entretuvo haciendo crueldades con ellos. Hizo diabluras con mis parientes. Hizo con ellos gato y zapato.

Fue una fase muy dura en mi vida. Primero, él intentó matar a mi hijo, enfermándolo gravemente, pero, con la gracia de Dios, mi hijo está vivo hasta hoy y tengo plena certeza de que en un futuro muy cercano estará convertido y haciendo la obra de Dios sobre un altar. Este es uno de mis propósitos con Dios, duela a quien le doliere para la honra y gloria del Señor Jesucristo.

Como el maldito vio que con mi hijo había fallado, comenzó a embestir en mis padres. Fue fuerte en contra de ellos. Puso en mi madre el espíritu de la depresión, dejándola casi loca. Ella vagaba por las calles hablando sola, pidiendo comida, pedía dinero, mendigaba, imploraba la atención de las personas, en fin la transformó en un verdadero harapo humano. Finalmente, la dejó paralítica en una cama de hospital llena de problemas físicos, necesitando varias cirugías, pero él no contaba con la intervención divina, pues a través de mis oraciones y ayunos y también del trabajo de los evangelistas en los hospitales, ella se convirtió, aceptó a Jesús, se bautizó en las aguas y fue al encuentro de Nuestro Señor Jesús, y lo que es mejor de todo, ¡salva! ¡Gracias a nuestro buen Dios!

Con mi padre, en relación a las enfermedades fue mas o menos igual. Sólo no pudo poner en él el espíritu de depresión, pero los otros síntomas fueron los mismos, pero con un agravante, él comenzó a tomar. Después de 70 años de vida comenzó a tomar bebidas alcohólicas y a deambular por la ciudad como un mendigo. Las personas lo encontraban borracho durmiendo en las veredas. Pedía comida, era motivo de burlas, pero mi padre no se daba cuenta de que era el desgraciado del diablo el que hacía todo eso con él. Para él, era simplemente una prueba más en la vida y el culpable de todo eso era Dios. Imagine cómo me sentí con todo eso. Mi padre es una persona muy culta. Estudió periodismo, fue redactor y director de varios diarios en Río de Janeiro y en San Pablo, escribió varios artículos políticos, trabajó en periodismo televisivo y en radio también, en fin, un profesional conceptuado y con un currículum extenso, pasando por una humillación de esas. Pero, una vez más, mi Dios maravilloso y misericordioso intervino por mí y escuchó mis oraciones. Puso a mi padre en un hogar para adictos, un lugar tranquilo, sin nadie que lo maltratara y humillara. Pero, mi lucha por él permanece, pues, por tener cierta edad y verdadera aversión a los evangélicos, debido a su profesión y religión espiritista, su conversión se está haciendo más lenta. Pero su vida está en las manos de Dios y tengo la plena certeza de que nadie de mi familia partirá sin estar salvo y convertido al Señor Jesucristo.

Recientemente, mi última victoria contra el diablo es la conversión simultánea de mi hermano y de su hijo.

Hoy, tengo mucho que agradecer a la Iglesia Universal y a los pastores, hombres de Dios que actúan en ella, predicando la fe y enseñando a utilizarla de forma racional e intensiva y así también enseñándonos a conocer y combatir cada vez más al mal.

En la Iglesia Universal aprendí a orar, a ayunar, a reprender el mal, en fin, pude interactuar más con los hombres de Dios y conocer a fondo su trabajo.

Realmente, la vida en el altar requiere resignación, sacrificio y determinación, pues ante cualquier duda el mal posee al hombre de Dios y su final es triste. Y, dentro de la Iglesia Universal, lo que vi fueron hombres de Dios desbordando de fe, a quienes los demonios temen y no se animan a desafiar y pelear de ninguna forma. El diablo es tonto, pero no es burro. Él sabe con quién puede jugar y hasta cuando puede hacerlo. Y con Dios no se juega.

No me olvido de las palabras que Dios sabiamente colocó en los labios del obispo Romualdo Panceiro en una reunión: “Si la persona observa la obra del hombre, eso la apartará de la obra de Dios. Es necesario mirar siempre a Dios y nunca desviar la mirada de Él para observar la obra del hombre”.

Son palabras que están guardadas conmino hasta hoy y que jamás olvidaré, pues me mantuvieron y me mantienen firme en la fe hasta hoy.

GRACIAS, MI DIOS, POR LA OPORTUNIDAD QUE EL SEÑOR ME DIO EN CONOCERLO, JAMÁS O ABANDONARÉ.

POR FAVOR SEÑOR, BENDICE A TODOS LOS HOMBRES DE DIOS QUE ESTÁN A TU SERVICIO, FORTALECIÉNDOLOS Y PROTEGIÉNDOLOS DE TODAS LAS TRAMPAS DEL ENEMIGO, NO DEJANDO, EN NINGUN CASO, QUE SEAN ALCANZADOS POR LAS FLECHAS DEL MAL Y QUE ELLOS PUEDAN SALVAR CADA DÍA MÁS ALMAS PARA TU REINO.

SEÑOR JESÚS, BENDICE AL OBISPO MACEDO Y QUE ÉL SE MANTENGA FIRME EN SU MINISTERIO PARA QUE PUEDE LLEVAR CADA DÍA MÁS TU PALABRA POR TODA LA TIERRA.

SEÑOR, PIDO TAMBIÉN QUE BENDIGAS A TODOS LOS HOMBRES DE DIOS QUE ME ACOMPAÑARON EN MI CONVERSIÓN, PUES SÉ QUE FUE MUY DIFÍCIL PARA ELLOS, PERO TENGO LA CERTEZA ABSOLUTA QUE AL LEER MI TESTIMONIO TENDRÁN LA SATISFACCIÓN DE SABER QUE CONSIGUIERON SALVAR, ADEMÁS DE LA MÍA, VARIAS ALMAS MAS.

¡GRACIAS SEÑOR JESÚS!

¡QUE DIOS BENDIGA A TODOS LOS HOMBRE DE FE!

Renato Pimentel

Publicado por Obispo Edir Macedo

9
Abr2010

Venciendo el infierno – Capítulo 04

Este es el testimonio de Renato Pimentel, un hombre que conoció de cerca y se relacionó directamente con las manifestaciones más malignas de las tinieblas. Sirviendo al diablo, declaró su odio al obispo Macedo, llegando a perseguirlo personalmente. Hoy, él es un miembro fiel de la IURD de Botafogo, en Río de Janeiro. Lea también los capítulos 1, 2 y 3 del testimonio.

Me obsesioné en capturar al obispo Macedo. Seguía sus pasos como un perro rastreador. Estaba siempre con las antenas prendidas intentando captar algo de información que me pudiera llevar hasta él.

Mantuve esta intención hasta que lo detuvieron en San Pablo. Para mi fue una frustración total no haberlo atrapado. Era una cuestión de honra, porque nunca, en toda mi carrera policial, había fallado en una misión. Pero los planes de Dios eran otros. El tiempo fue pasando y aquel odio por el obispo fue disminuyendo, pero, siempre con la sensación de que la Iglesia Universal del Reino de Dios era una secta de canallas, de acuerdo con lo que se había mostrado en aquel programa de televisión, y que todos los pastores eran ladrones y los fieles eran cuadrados, a los que les habían lavado el cerebro, y dejaban todo su salario en esas bolsitas rojas. Mi visión por la obra de la Iglesia Universal fue así hasta hace 5 años. Pero Dios ya estaba moviendo las aguas para que mi vida tomase otro rumbo y yo me convirtiera a Él. Era sólo una cuestión de tiempo.

Seguía yendo al terreno de macumba a diario. Yo, mi esposa y mi suegra. Y, de vez en vez, también llevaba a mi hijo.

Tenía una verdadera adoración y admiración por los demonios y sus obras malignas. Llegué al extremo de hacer un pacto con su jefe, lúcifer, para que me protegiera y cerrare mi cuerpo de todos los males. Él me decía que si me protegía, ningún mal me iba a suceder. Realmente, las cosas no pasaban por completo, sólo por la mitad. Él hacía que las cosas sucedan, pero no dejaba que terminen de una forma trágica, sólo para mostrarme y decir que él me había defendido y protegido. Realmente, el diablo es un canalla, un inmundo. Hace que las cosas pasen y las interrumpe en la mitad, sólo para probar que él es el mayor, que te protegió. Es un derrotado, eso sí.

Me paso algo, una señal muy seria, más porque hoy comprendo el porque de lo ocurrido. Era jueves, a eso de la medianoche, y yo estaba en una moto, volviendo a casa, cuando de la nada aparecieron dos autos y otra moto en el semáforo. Yo estaba totalmente distraído y, cuando me di cuenta, ya tenía dos revólveres en la cabeza. El asaltante me mandó a bajar de la moto, sino iba a tirar. Miré bien dentro de los ojos del ciudadano y de la nada le dije: “Tira, otario. ¡Quiero ver si estás dispuesto!”. Yo sólo escuchaba el ruido de metal contra metal. El tipo apretó el gatillo innumerables veces y ningún disparo salió.

Me quedé totalmente paralizado con la situación y en una fracción de segundo percibí la locura que había dicho y de las consecuencias que podría haber tenido mi imprudencia. De inmediato, me di cuenta que el asaltante salió corriendo, subió en el asiento de la moto, gritando que salieran de allí.

No había sido yo el que dijo eso. Yo jamás diría una cosa de esas y actuaría de aquella forma. ¡Nunca! ¡Nunca, de verdad!

No sé cómo llegué a casa. Mis piernas temblaban como varas verdes. Parecía que mi corazón iba a salirse de mi pecho. Tomé el teléfono y llamé a mi mujer, contándole lo ocurrido. Ella se asustó mucho y me pidió que me quedara en casa y no fuese a verla como habíamos quedado. Que nos veríamos al día siguiente.

Fue lo que hice. No le conté esto a nadie más. Ni mi suegra lo supo. Mi madre mucho menos. Incluso, no fui a la comisaría a hacer la denuncia porque fue en la época en que Río de Janeiro pasaba por una etapa atribulada, en la que las bandas criminales realizaban atentados contra las dependencias policiales. La cosa pasó y el lunes siguiente era día de sesión de los exús en el centro. Fue cuestión de poner el pié ahí dentro para que el capeta jefe me mande a llamar y me empiece a hablar sobre el hecho sucedido aquel jueves. Él me dijo que estuvo allí y no había dejado que nada me pasara porque yo le era fiel y lo servía con dedicación. Que él era quien había hablado con el tipo para que tire y que hizo que el arma falle. Y también, que una amiga mía, que había muerto recientemente en un accidente de auto en la Barra da Tijuca, estaba a mi lado y le pidió a él que no dejara que nada malo me sucediera, por eso, él resolvió intervenir por mí.

En relación a esa amiga, realmente había muerto en un accidente de auto, días antes, en la Barra da Tijuca, conmemorando la victoria en un partido de Brasil. Éramos muy amigos. Y nadie allí en el centro sabía de esa amistad a no ser mi mujer y yo.

A partir de ahí, mi admiración por los encostos aumentó absurdamente. Los servía de forma incondicional. Cuando iba a tomar a los bares, siempre pedía una copa de más, la llenaba hasta el tope y la dejaba encima del mostrador. Después, aparecía alguien de la nada y se la tomaba. No daba ni tiempo a que la bebida se caliente. Nadie entendía nada. De la misma forma en que la figura surgía, desaparecía. Parecía magia.

Muchas veces, él se materializaba y pasaba horas conversando conmigo sentado a mi lado. Hablábamos de todos los asuntos posibles e imaginables. Era una cosa graciosa porque parecía que éramos invisibles a los demás, pues pasaban por nuestro lado y era como si no estuviéramos allí. Es medio difícil de explicar. Las personas nos veían, pero no iban hasta nosotros para conversar. Con eso, comencé a quedarme solo. Mis amigos se apartaron de mí. No tenía a nadie con quien salir y conversar y cada día que pasaba, mi mujer y yo nos distanciábamos más. No podíamos hablarnos más. Vivíamos otra vez el verdadero infierno conyugal. Ella estaba embarazada de nuestra hija y, de un momento a otro, se apartó de la macumba. No quería ir de ninguna forma. No había quien lograse que ella pusiera los pies dentro de un centro espiritista. Dejó de fumar y tomar, pero todavía no había dejado a los espíritus.

Todavía teníamos dentro de casa, en el cuarto de la empleada, un altar en el que poníamos bebidas, dulces y frutas para los espíritus y, crean, el cuarto vivía lleno de murciélagos que iban allí a beber y comer de las ofrendas.

Publicado por Obispo Edir Macedo

8
Abr2010

Venciendo el infierno – Capítulo 03

Este es el testimonio de Renato Pimentel, un hombre que conoció de cerca y se relacionó directamente con las manifestaciones más malignas de las tinieblas. Sirviendo al diablo, declaró su odio al obispo Macedo, llegando a perseguirlo personalmente. Hoy, él es un miembro fiel de la IURD de Botafogo, en Río de Janeiro. Lea también los capítulos 1 y 2 del testimonio.

No tenía de qué quejarme, porque todo estaba yendo viento en popa, pero el mal sabía lo que me esperaba más adelante. El diablo estaba preparandome su jugada.

Mi ex compañera estaba cayendo cada vez más en una profunda depresión. Hacía trabajos de hechicería para atarme a ella y yo descubría cada hechizo hecho, porque los demonios que me acompañaban me mostraban y yo me apartaba de ella cada vez más.

Teníamos peleas homéricas. Hasta el día en que ella comenzó a tomar. Tomaba bebida y más bebida. Comenzaba agrediéndome con palabras, hasta llegar al punto de querer agredirme físicamente. Fue cuando tomé la decisión de irme de allí.

Ella tenía una amiga que hacía hechizos y comenzó a tirarme con munición pesada. Hasta hizo trabajos para que yo muriese, pero mi Dios tenía un plan para mi vida y nada de lo que ella había hecho consiguió afectarme de forma contundente. Pero, no piensen que ella desistió tan fácilmente. Ella continuó por un buen tiempo gastando todo lo que tenía y lo que no para verme en las tinieblas de cualquier forma, pero, en vano.

Fui a vivir con mi añorada madre durante un buen tiempo. En ese ínterin, conocí a mi actual esposa, Claudia Diniz, que ya dio testimonio con anterioridad en el Blog del obispo Macedo (“Sexo con lucifer”).

Fue allí que el capiroto se enojó. Él no descansó un solo minuto desde que conocí a mi esposa. Él intentaba matarnos de cualquier forma. Armaba trampas y más trampas para que dudáramos y sólo él pudiera cortar nuestras vidas, pero, una vez más nuestro Dios misericordioso intervino y estamos aquí dando nuestro primer testimonio de los muchos que serán dados, pues, aprendí una cosa en todo este tiempo en que serví al diablo y me gustaría compartirla con quien se interese en pelear en su contra: el maligno sólo entra en nuestra vida si nosotros se los permitimos. Él se queda al acecho, esperando sólo una invitación, sin la cual él no puede entrar y actuar.

Mientras Jesucristo golpea la puerta y espera, el maldito de satanás se queda todo el tiempo a la vuelta esperando la brecha para hacer literalmente de nuestra vida un infierno. Él no respeta nada. Para él, no hay diferencia de edad, color, sexo y principalmente religión, mire bien eso, yo dije religión y no fe. Hay mucha diferencia entre religión y fe. La religión es el cáncer de la fe. Ella va invadiendo la fe gradualmente, hasta transformarla en fanatismo y cegar por completo al fiel, pues él deja de creer en Dios de forma pura, perdiendo el primer amor, y pasa a actuar de forma contraria a la voluntad de nuestro Señor, que es adorarlo, servirlo, respetarlo.

El creyente fanático pasa a observar la conducta del prójimo, olvidándose de su propia vida con Dios. El fanático se vuelve fiscal de las costumbres y actitudes de los fieles de su iglesia y de las personas que lo rodean, vigilando la vida ajena, señalando y criticando las acciones de todos.

Satán es muy organizado. Él creó un sistema de operaciones de guerra contra los cristianos, muy eficiente. Él utiliza todas las formas para obtener almas. El reino del mal está dividido en ejércitos y cada uno de ellos tiene su respectivo comandante, los que a su vez tienen sus subcomandantes y estos sus subordinados, que fiscalizan la acción de todos los demás demonios.

El diablo tiene legiones específicas para todos los tipos de países, áreas, regiones, en fin, es un organigrama muy complejo, y necesitaría muchos capítulos para intentar ilustrar cómo es hecha la distribución y como actúan estos ejércitos del mal. Es una cosa muy fuerte, pero que se debilita mediante el Nombre de nuestro Señor Jesucristo y por la fe en la santísima trinidad.

Existen sectas que reclutan mujeres lindísimas que son entrenadas para infiltrarse en las iglesias y desviar a pastores y obreros, todo eso por amor a lúcifer y mediante la promesa de prosperidad y de la vida eterna a su lado.

Otras hermandades rinden culto al demonio de forma incondicional, utilizando al chivo como la imagen del propio demonio, inclusive recogiendo la sangre del animal consagrado al mal e inyectándola en sus propias venas, como forma de fortalecimiento y permitiendo así la manifestación de poder y fuerza en el individuo en que se aplicó.

La empresas alimenticias consagran los alimentos a los demonios y después los ponen en el mercado. Sitios infantiles, aparentemente inofensivos, entran con fuerza en nuestras casas, atacando incondicionalmente a nuestros hijos.

Conocí a mi actual esposa en 1992, con quien estoy casado oficialmente hace casi 5 años, tanto por civil como en la IURD. Allí fue que el inmundo no descansó más. Intentó matarnos de todas las formas posibles e imaginables.

Nos encontrábamos todos los días para tomar. Teníamos hora de inicio, pero no de fin. Mientras que los bares de Botafogo estuvieran abiertos, allí estábamos nosotros bebiendo. Llegamos a un punto en el que no quedábamos más ebrios. La cerveza no nos hacía más efecto. Teníamos que tomar bebidas destiladas para ponernos “alegres”, pero nunca ebrios. Y no tenía que pagar la bebida, cigarros, comida, porque, por mi condición de policía, a los dueños de los establecimientos comerciales les gustaba que yo permaneciera en el local por cuestiones de seguridad para ellos mismos, porque, donde el “diablo rubio” (así era conocido yo en Río de Janeiro) estuviera, los delincuentes “rajaban”.

La gente del otro lado de la ley tenía verdadero pánico de sólo escuchar mi nombre. Bastaba con que yo llegara a cualquier lado, que de golpe se vaciaba y quedaba en paz. Y, así, yo iba llevando mi vida, junto a la mujer que amaba, criando a mi hijo, cuando mi ex esposa me dejaba, y apartado de los centros espiritistas, haciendo mis magias cuando lo necesitaba, pero, siempre amando y creyendo mucho en Dios. No conocía todavía al Dios de la Biblia. Ya había oído hablar de Jesús, pero, nunca había tenido curiosidad en saber más sobre Él.

Mi esposa y yo teníamos una relación muy fuerte. Parecía una cosa de otro mundo. Éramos cómplices en todo, pero, teníamos muchas discusiones por celos y tonterías. Nos agredíamos verbalmente, pero nunca físicamente. A veces, pasábamos días sin hablarnos, pero después todo volvía a la normalidad.

Sólo que después de cierto tiempo comencé a observar que ella estaba teniendo un comportamiento medio extraño, hasta el día en que ella manifestó con un espíritu dentro de mi carro. Recuerdo claramente ese momento. Estába con ella y mi hijo, que en esa época tenía unos siete años. Estábamos volviendo de la casa de mi madre cuando ella manifestó con el espíritu y comenzó a decir cosas sin sentido y a referirse de forma agresiva hacia mi hijo, diciendo, incluso, que yo detuviera el carro y lo dejase ahí mismo, en medio del túnel, para que muriera, o entonces él – el espíritu inmundo – iría a matarnos a los tres dentro del carro en un accidente. Fue muy difícil agarrar el bicho. Él intentaba de cualquier forma llevar al carro contra el paredón del túnel y yo tenía que manejar, tener al demonio e intentar calmar al niño, que estaba en pánico.

Mi hijo estaba llorando, asustadísimo con la escena que estaba presenciando. Sólo sé que pude llamar a la madre de ella y terminamos parando en la puerta del cementerio San Juan Bautista, en Botafogo, como a las 23 horas. De inmediato, mi suegra llamó a una mai de santo del terreno en donde ellas trabajaron por un tiempo y esta le pidió que lleváramos a mi esposa, con urgencia, al centro espiritista para que intentara descubrir lo que estaba sucediendo.

Al día siguiente estábamos allí en el horario acordado. La mai de santo usó buzios con mi esposa y nos reveló que los santos estaban tristes y que si ella no comenzaba a servirlos nuevamente, su vida corría un serio riesgo. Dijo que yo debería volver a tocar el tambor para ayudarla y lo mismo para mí. No había otra opción, allí estábamos, relacionados de nuevo con los espíritus.

Ella recibía varios tipos de encostos y yo me quedaba tocando el tambor para ese desgraciado. Y allí estaba yo nuevamente relacionado con los espíritus de quiebra, y también llevaba a mi suegra para que también trabajase para ellos.

Nos quedamos sirviendo a los encostos por años, siempre en base a amenazas. Si no hacíamos esto o aquello, seríamos castigados, porque los demonios no permitían que se los contradiga.

Y así siguió nuestra vida, hasta que surgió, un domingo a la noche, en una emisora de televisión, un reportaje sobre la Iglesia Universal, hablando del obispo Macedo. Fue odio a primera vista. Cuando supe que había sido emitido una orden de arresto en su contra, fui el primero en ponerme a disposición para atraparlo donde fuera. Pasé un año entero corriendo de aquí para allá detrás del obispo Macedo, pero, gracias a Dios, no tuve éxito en esa misión. Fue la única, en toda mi carrera, en la que no tuve éxito.

Mi odio por el obispo aumentaba día tras día. No podía pasar por una Iglesia Universal que yo escupía en el suelo, cambiaba de vereda, le decía ladrones a los pastores, me burlaba de los evangelistas que distribuían los diarios. Cuando veía por televisión a las personas manifestadas, decía que les habían pagado para que hicieran todo ese teatro, en fin, tenía una verdadera aversión al obispo Macedo y a todo lo que pudiera estar vinculado a él.

En aquella época, juré por mí mismo y por los santos a los que servía que jamás pondría mis pies en una Iglesia Universal. Sólo si era para atrapar a aquellos a los que yo consideraba una banda de ladrones y al jefe de aquella cuadrilla (el obispo Macedo).

Publicado por Obispo Edir Macedo

7
Abr2010

Venciendo el infierno – Capítulo 02

Este es el testimonio de Renato Pimentel, un hombre que conoció de cerca y se relacionó directamente con las manifestaciones más malignas de las tinieblas. Sirviendo al diablo, declaró su odio al obispo Macedo, llegando a perseguirlo personalmente. Hoy, él es un miembro fiel de la IURD de Botafogo, en Río de Janeiro. Lea también la primera parte del testimonio.

Mi vida siempre estuvo llena de tribulaciones, llena de fuertes emociones. Me relacionaba con varias mujeres al mismo tiempo, en su mayoría casadas. Entonces, había una fila interminable de maridos detrás de mí intentando matarme.

Me gustaba practicar artes marciales y no me escapaba de una buena pelea. Me juntaba con un grupo de chicos en Copacabana, Río de Janeiro, que prácticamente armaban lío todos los días. Eran pedazos de palos, cadenas, cascotes, piedras, en fin, no había remedio. Bajábamos al Hospital Miguel Couto todo el santo día.

Yo estaba tan perturbado, que por falta de cosas para hacer y por no tener a Jesús en el corazón, intenté suicidarme varias veces, sólo para saber cómo era el otro lado. Sólo que nuestro Dios fue tan misericordioso que no dejó que los planes del diablo se hicieran realidad en mi vida.

En un bello día, en Copacabana, conocí a la madre de mi hijo. Ella solía ir a un centro espiritista y me llevó allí para conocer. Fue amor a primera vista con el lugar. Quedé impresionado con su estructura. Fui muy bien recibido y de inmediato la madre de los encostos me dijo que yo tenía un santo muy fuerte que me protegía y que yo necesitaba trabajar en él, porque necesitaba desarrollarse. Me dijo que por su tamaño, no era un espíritu que incorporaba en las personas, porque debido a su complexión física, no había nadie que tuviera estructura para soportar su manifestación, porque era inmenso y fuerte. Tenía casi seis metros de altura.

Quedé deslumbrado con la revelación y comencé a ir al lugar como “ogan”, que es el encargado de cantar, tocar los tambores, fiscalizar y dar el rumbo a las sesiones.

No faltaba a ninguna sesión. Estaba allí, con lluvia o con sol, tocando el tambor para los espíritus, sirviéndolos incondicionalmente.

Después de tres años de relación con mi esposa nació mi hijo, que de inmediato fue presentado a los encostos. Hacer eso fue el mayor error de mi vida.

Mi vida conyugal era un infierno, vivíamos peleando, discutiendo, sólo no llegamos a las agresiones físicas porque yo no era de golpear a las mujeres. Después de seis meses de discordia insoportable, nos separamos. Yo ya no aguantaba más vivir de aquella forma.

En esa época, estaba apartada de ese centro espiritista y no quería saber nada más de ellos, sin embargo, siempre creyendo mucho en Dios.

Luego, después de mi separación, conocí a otra persona con la que inicié una relación, yendo a vivir con ella. Sólo que esa vez sin casarme oficialmente. Vivimos juntos por casi 6 años, pero, una vez más el infierno reinaba en mi vida. Fue cuando participé de un concurso público e ingresé en el área de seguridad pública, en 1986. De ahí es que la confusión se desató otra vez.

Imagínese, muchacho de la zona sur, modestia aparte, buena apariencia, buena forma de hablar, bien modulada y con una billetera en el bolsillo que me abría las puertas en cualquier lugar que quisiera. Era todo lo que el diablo quería para confundir a las personas que estaban cerca de mí y a las que estaban por acercarse.

El éxito en medio de mi nuevo empleo fue inevitable. Las cosas fluían naturalmente. Todo me salía bien. Obtuve jefaturas, tenía acceso a secretarios de seguridad, gobernadores, estaba siempre en los medio debido a operaciones audaces, en fin, me sentía el último bizcocho del paquete.

Tenía todas las mujeres que quería. Bastaba con mirar, desear y, rápido, en un segundo ya estaba saliendo con ellas. Me pasaba todo el día tomando en los bares de los conocidos que iba teniendo día a día. Iba a todos los tipos de infiernitos que podía imaginar. No tenía hora para nada. Sólo pasaba por casa para bañarme y cambiarme. Y la pobrecita de mi ex compañera en casa, esperando que llegue el “todopoderoso”, para mendigar un poquito de atención del “bonito”.

Cada día que pasaba me iba hundiendo más en la soberbia y prepotencia. Era muy orgulloso. Me sentía el dueño de la razón. Si era contradicho, el “bicho les pegaba a todos”.

Si no se resolvía hablando, era pegando. Y, dependiendo de la situación, apelaba a la magia y a los espíritus. Y, así, me iba entregando a la llama de las tinieblas.

Publicado por Obispo Edir Macedo

6
Abr2010

Venciendo al infierno – Capítulo 01

Este es el testimonio de Renato Pimentel, un hombre que conoció de cerca y se relacionó directamente con las manifestaciones más malignas de las tinieblas. Sirviendo al diablo, declaró su odio al obispo Macedo, llegando a perseguirlo personalmente. Hoy, él es un miembro fiel de la IURD de Botafogo, en Río de Janeiro.

Creo que mi testimonio comienza como el testimonio de cualquiera persona común. Vengo de una familia simple, de clase media alta. Estudié en los mejores colegios y completé el nivel superior, siendo bachiller en derecho.

Mi familia, por parte de mi madre, era una católica fervorosa, mientras que por parte de mi padre, eran todos espiritistas kardecistas y, de tanto en tanto, frecuentaban la umbanda.

Mi madre era de una pequeña ciudad del interior del sur de Minas Gerais y cuando iba a pasar mis vacaciones escolares allá, a la noche vivían contando “historias” de fantasmas, uno más descabellado que el otro, junto al fogón de leña, hasta altas horas de la noche.

Nos quedábamos escuchando esas historias atónitos y muriéndonos de miedo por si aquellos seres horrendos venían a molestarnos a la hora de dormir.

Había también un banano que lloraba igual que un niño en las noches de viernes de luna llena y eso lo presencié. Realmente, se oía el llanto de un recién nacido al pie del banano, pero cuando uno llegaba a su lado, paraba instantáneamente y era cuestión de alejarse y él volvía a empezar.

Había otras “historias” que no recuerdo. Y para completar la sesión de terror en mi infancia, aún existían los “guías” que me hacían participar de rituales, bendecían el agua para que la bebiéramos y me decían que si no era un buen chico con mis padres el “bicho malo” me iba a agarrar. En fin, fui criado en plena tortura psicológica y aquellas historias y amenazas, fueron atemorizándome gradualmente de una forma tan grande que me provocó temor a los espíritus hasta hace poco tiempo.

Sentía que siempre me acompañaba la presencia de alguien, principalmente cuando estaba solo y en la oscuridad. Era una presencia tan fuerte que podía sentir el calor y la respiración que venían por detrás de mí. Veía bultos constantemente. Bultos de varias formas y colores. Hablaba con personas que no existían, pero yo las veía y conversaba nítidamente con ellas. Nadie las veía, sólo yo.

La casa de mi abuelo, en Minas Gerais, era una antigua iglesia que él compró y transformó en residencia y almacén. Nuestro cuarto de huéspedes era justamente la capilla donde velaban a los muertos. Parecía el área de juegos de los espíritus que vagaban por allí. Ellos nos hacían las mil y una. Se acostaban con nosotros en la cama, tiraban de las sábanas, tomaban nuestras chinelas y paseaban con ellas por el cuarto, en fin, no nos dejaban en paz de ninguna forma.

En dos ocasiones la cosa se puso fea de mi lado. En la primera, dije que estaba cansado y que no creía más en ellos (espíritus) y que me iba a dormir. Era eso de las 14 horas y yo estaba solito en el cuarto, cuando, de repente, la cama empezó a moverse sola, yendo de adelante hacia atrás. Intenté gritar pidiendo socorro, pero una cosa tapaba mi boca, impidiéndome gritar. Mi voz no salía de ninguna forma. De ahí, comencé a rezar el Padre Nuestro y a llorar, hasta que la cosa se fue calmando y la cama quedó en el mismo lugar. Sin embargo, el piso quedó todo marcado por los arañones hechos por el mueble. No le dije nada a nadie, pues sabía que se iban a burlar de mí.

Ya en la segunda ocasión la cosa fue aún más fea. Tenía más o menos entre 7 y 8 años y tuve un día muy agitado con mi madre. La dejé tan desorientada que me dijo lo siguiente: “Acuérdate bien de todo lo que me estás haciendo y diciendo, porque cuando el ‘bicho malo’ te venga a buscar, no me vengas a pedir socorro, porque no te voy a ayudar. ¡Arréglate tu con ‘él’!”. Fue suficiente para que yo me tranquilizara, pero esas palabras se quedaron martillando mi cabeza todo el día. Le pedía a Dios que no anocheciera nunca, porque sabía que a la noche ese “bicho malo” vendría a arreglar cuentas conmigo.

Dicho y hecho, hora de dormir. Mi madre me puso en la cama, me dio el beso de las buenas noches y salió del cuarto. Fue tiempo suficiente para que ella llegara a la sala y el maldito “bicho malo” comenzó a torturarme. Fueron minutos interminables de terror y dolor. Él me sofocaba, tapaba mi boca para que yo no gritara, me pegaba en la cara, apretaba mi cuello, me pellizcaba, me daba puñetazos, pisaba mi barriga, como si estuviera tirándome y yo no conseguía reaccionar, fue cuando recordé que en mi cabecera había un crucifijo. Intenté agarrarlo, pero fue en vano, y comencé a rezar (rezar, porque en esa época no sabía lo que era orar) nuevamente el Padre Nuestro, hasta que la cosa fue pasando, pasando y pude sentirme libre de aquella tortura. Intenté levantarme y no pude. Intenté llamar a mi mamá y no tenía fuerzas para hablar. Estaba exhausto. Parecía que había corrido kilómetros.

Nunca, en toda mi vida, comenté este episodio con alguien, ni a mi madre, porque tenía miedo de que el desgraciado volviera para castigarme por haber contado lo que él me había hecho.

Después de este acontecimiento, nunca más tuve contacto físico con los espíritus, pero ellos comenzaron a aparecen en forma de bultos y a habar conmigo.

Comencé a interesarme en estudiar ocultismo, magia y esoterismo y, gradualmente, me fui convirtiendo en un mago, Leía todo lo que me pasaba por delante, desde el horóscopo hasta la biblia negra. El libro de San Cipriano era mi literatura de cabecera. Me gustaba sentirme poderoso, poder manipular las cosas, de interferir en el curso natural de los hechos.

Conseguía todo lo que quería con la ayuda de los espíritus. Los servía con total fidelidad y adoración. Sabía que si no los decepcionaba, me darían todo lo que quería. Como siempre fui muy observador, comencé a reparar que todo lo que Dios hace, la magia negra lo hace igual, pero de forma contraria. Por ejemplo, el número siete es el número de Cristo, pero, el diablo dice que siete es el número del mentiroso. Jesús murió a las 3 de la tarde; los mayores hechizos son hechos a las tres de la mañana. El viernes fue el día del perfecto sacrificio, pero, la mayoría de los maleficios son hechos también los viernes. Y, de esta forma, me fui armando cada vez más contra el diablo. Lo servía, pero como dice la frase, un ojo en la misa y uno en el sacerdote. Siempre amé mucho a “Dios”, si, este nuestro “Dios” de la biblia. Siempre Le temí y respeté y hoy tengo la plena certeza de que fue esta fe lo que me mantuvo vivo hasta hoy para poder dar mi testimonio, que es el primero de otros que aún serán dados

Publicado por Obispo Edir Macedo

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