Sexo con el diabo – Capítulos 11, 12 y 13
“El texto que sigue es la continuación del testimonio de María de Fátima da Cruz Carvalho. Vea también los capítulos 1, 2, 3, 4, 5, 6,7 , 8, 9 y 10”
Mi padre llevó a mi madre a esa iglesia que se llama Iglesia Universal del Reino de Dios.
El día que mi padre llevó a mi madre, yo no podía ni levantarme de la cama, y el ángel/demonio me decía: “Tu no vas a ir allá. ¡No vas a ir a la casa del Hombre de la Cruz!”. Yo no entendía lo que él me decía; lo cierto era que no podía levantarme de la cama, estaba dolorida, débil.
Mi madre empezó a frecuentar esa iglesia y eso me molesto mucho.
Mi mamá comenzó a mejorar, hasta que un día dejo de oír la voz del ángel; ella quedo libre de él. Y dijo: “¡Milagro!”
Todo lo contrario a mi, yo estaba muriendo lentamente. Rebelde, no aceptaba ir a esa iglesia. El tal ángel me golpeaba y me decía siempre: “Tu no vas a ir allá”.
Varias veces yo le decía a mi madre: “ ¿Yo, ir a esa iglesia? ¿Iglesia de estafadores?” Ella solo me decía : “Vas a ir, quieras o no. ¡Yo se que vas a ir!”
Yo la veía con fotos mías y le decía: “ Mamá, ¿me estas haciendo algún daño, llevando mis fotos a esa iglesia de los brasileños? Yo tenía tanta rabia cuando veía a mi madre ir a la iglesia. Solo la acompañaba para irritarla, y el descarado del ángel me decía: “Tu no entras, no vas allá” Cuando yo llegaba en la puerta de la iglesia y mi madre entraba, me quedaba afuera, diciéndole a aquellos hombres: “¡Ladrones, brasileños estafadores, yo nunca entrare aquí!” Pobre de mi madre, quedaba avergonzada.
Esto duró aproximadamente dos a tres años. Mi querida madre nunca se rindió.
Ella no sabía escribir, entonces me pedía que escribiera cosas que yo no entendía para que, pero, pobrecita de mi madre, ella no sabía escribir. Y yo, una perturbada, decía: “OK. Dame que yo escribo.” Y una de las cosas que ella me pidió, que jamás podré olvidar, fue lo siguiente. Ella me dijo: “¡Escribe como yo te diga, Faty! Fátima servirá a Dios.” Y repitió ella: “ Escribe; mira que El (Dios) esta mirándote! Yo, atormentada, pensaba cuando escribía: “ ¡Yo nunca voy a servir al Dios de ella! ¡Dios! ¡ Dios!”
Yo, ignoraba, no sabía que en aquel momento mi madre estaba participando de una campaña de fe. Pero mi vida estaba entrando en un abismo total y profundo.
Al despertar en una mañana de mayo (estábamos en el año 1996/1997), decidí que aquel día iba a poner fin a mi vida, pues estaba dolorida por haber sido una vez mas violada por el ángel/demonio. Decidí que de aquel día yo no pasaba. No le dije nada a nadie.
Escribí una carta a mis padres y la dejé en mi casa. Fui a dejar a mi hijo con mis padres y les dije: “Tengo que hacer algunas cosas.”
Le di el día libre a mi empleada. Compré mucha cocaína y comencé a caminar hacía el abismo final. Yo iba a morir.
Comencé esta caminata, una decisión forzada por la posesión demoníaca de la que era blanco, porque a esa altura yo ya sabía que aquel ángel era muy malo.
En mi adiós a la vida (en la realidad de mi vida), fume y consumí toda aquella cocaína.
Tome mi auto con un poco de coca que todavía tenía y fui al Pontão de Cacilhas, donde varias personas que conocí ya se habían arrojado y muerto allí. Y el ángel me decía exactamente estas palabras: “Vamos, acaba contigo. Eres un parásito; estas sola y acabada. ¿Qué te queda? Vamos, lánzate, lánzate, arrójate.” Y yo, parada, miraba hacía el rió y decía: “Cuando termine esta coca, me tiro. Así que termine la última pitada, me tiro.”
Al mismo tiempo, en mi cabeza, escuchaba algo diferente que varias veces pasaba por mi mente: “Descubriréis la verdad y ella te librará.” Pero yo no entendía, no prestaba atención, yo quería que terminará conmigo.
En el adiós de una vida sin valor, sin rumbo, dejaría atrás a mi familia, mi hijo, toda la vergüenza y especialmente ese ángel malo.
Todo se oscureció en mi mente.
No puedo decir, precisamente, lo que me sucedió. Solo se que cuando volví en si, yo estaba dentro de esa iglesia. Yo mire hacía un hombre y le dije: “¿Qué hago aquí? ¡Ustedes no me agradan! Y el hombre me respondió: “Fue la señora que vino hasta acá.”
Comencé a llorar mucho. Esperaba que aquel hombre que estaba allí frente a mi me maltratase, me juzgara, pero no nada de eso me sucedió, al contrario, él me escucho y dijo: “Existe una salida para su sufrimiento.” Yo le dijo: “Entonces, voy a hacer todo lo que usted me diga.”
Hoy yo se que fueron las oraciones de mi madre que me llevaron hasta allí, y que la misericordia de Dios me trajo hasta donde el Señor estaba. No que yo merezca alguna cosa, pero este Dios es misericordioso. Dios me dio una oportunidad.
Mi lucha contra aquel ángel había comenzado ahora.
Consideraciones
El libro sexo con el diablo retrato, a lo largo de esos trece capítulos, todo el sufrimiento de una mujer durante una buena parte de su vida. En medio de engaños, tristezas, droga, violencia y abundante amargura y aflicción, una luz surgió para que la principal protagonista de esta impresionante historia real fuese rescatada de su abismo, aparentemente sin fin.
Al final de esta saga en pro de una paz verdadera, usted va a saber como Maria de Fátima alcanzó la salida de este oscuro y oculto juego de terror y muerte.
Este jueves (04/03) en la última parte de esta dramática historia, usted sabrá lo que llevó a esta mujer, hasta entonces tan sufrida, a tener un final con una vida nueva y feliz.
Publicado por Obispo Edir Macedo
Sexo con el diablo – Capítulos 9 y 10
“El texto que sigue es la continuación del testimonio de María de Fátima da Cruz Carvalho. Vea también los capítulos 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7 y 8”
Durante el día, todo parecía normal (para los que convivían conmigo). Pero la figura del ángel/demonio se tornó la mayor persecución: donde quiera que yo estuviese, allí estaba él (en las clases, en la calle, en el carro, donde quiera que yo estuviera allí estaba él pegado a mí), siempre susurrando a mí oído: “¡Eres mía! No puedes huir de mí. ¡Voy, a matarte!” La voz de él siempre dentro de mí, dentro de mí oído.
En la noche, yo salía y bailaba en fiestas particulares para la alta sociedad, pero ningún hombre me podía tocar, porque yo, poseída por el ángel/demonio, era muy agresiva, y usaba un chicote en mis danzas.
“Amitaf, la poseedora de la noche.” Alguien que intentase tocarme mientras yo danzaba corría el riesgo de llevar un chicotazo, pero aquellas personas lo creían lo máximo.
En una de esas salidas nocturnas, cuando llegué a casa en la compañía del descarado del ángel, mi tormento diario, él me dijo: “¡Hoy serás mía, mía!” Yo quede aterrorizada.
Vivía con mi hijo y una empleada. Ellos ya dormían. Yo estaba con tanto miedo porque dejé de ver al ángel, pero sentía su presencia, su olor, lo negro de su ropa cerca de mí (ahí, ¡estaba loca!); yo temblaba toda.
El ángel ya había intentado tocarme varias veces, porque, a veces, yo sentía las manos de él recorriendo mis piernas y yo siempre le gritaba: “¡Suéltame, déjame! Sale de aquí. Tu no me tocas.” Y él se detenía. Pero, esa noche, yo sentía que él iba hacerme alguna cosa mayor, pues mi corazón latía muy acelerado. Así vivía yo.
En aquella noche, el ángel me paralizó en la cama. Las manos de él me sofocaban el cuello. Pensé que él me mataría en aquel momento, cuando, de repente, sentí el peso de un hombre sobre mi cuerpo; un dolor que penetraba mi cuerpo, mi vientre. Todo mi cuerpo traspirado, sus manos me acariciaban, me lastimaban. Yo no conseguía moverme, gritar, hablar, huir. Estaba siendo poseída por un hombre invisible, un hombre que nadie veía. Estaba loca, pero aquello estaba sucediendo realmente conmigo.
Fue una penetración dolorosa y prolongada. Cuando el ángel/demonio descarado termino su servicio yo estaba toda mojada. Quedé por mucho tiempo en la cama hasta poder moverme y conseguir levantarme para ir al baño. Cuando me levanté, casi me volví a caer.
¿Y, cómo hablar de esto? ¿Y a quién? Estaba manteniendo relaciones sexuales con una cosa invisible (nadie, pero nadie en el mundo iría a creer).
Al día siguiente, casi no conseguía andar por los dolores que sentía en mis huesos. Yo era profesora de gimnasia y nunca había sentido tremendos dolores en los huesos y en los músculos como en aquel momento.
A partir de ese instante sólo un pensamiento me venía a la cabeza: matarlo. ¿Pero, cómo, si él aparecía y desaparecía? Entonces comencé a pensar en matarme.
El ángel/demonio comenzó a usar mi cuerpo y me decía: “Eres mi mujer, eres mía.” Y pasé a tener un ángel/demonio como un marido invisible. Es cosa de loco. Yo estaba loca.
El ángel jamás dejaba que algún hombre se me acerque y si lo hacía terminaría mal. Fueron años de sufrimiento, tortura. Él usaba y abusaba de mi cuerpo, me violaba, me estupraba. Yo sufría callada, me sentía sucia, humillada; lo odiaba.
Increíble poder creer que se tiene un marido (espíritu, algo invisible). Yo lo odiaba. Odiaba aquello que él me hacía. Yo tenía noches de masturbación infernal, dolorosas, con el peso de la mano de él sobre mí (¿cómo contar esto? Nadie va a creerme, Nadie). Yo siempre digo que si alguien se masturba, puede tener la certeza que un espíritu está allí presente con la persona (crean si quieren, pero yo, Fátima, pasé por eso).
El ángel/demonio se apoderaba de mi cuerpo de una forma, que varias veces yo estaba en un lugar y cuando volvía en sí estaba en otro. Él usaba mi cuerpo. Esa es la razón por la cual varias veces yo no conseguía recordar cómo había llegado a aquel lugar. Lo que había hecho, lo que había sucedido. No, no, yo no soy loca, decía yo para mí misma varias veces.
Y él siempre hablando a mí oído: “¡Ve, matate, matate!”
En la calle yo siempre aparentaba ser feliz. Las personas, especialmente hombres me decían: “Eres bonita.” Yo me veía la mujer más fea y horrible. Yo cubría los espejos de mi casa para no verme.
En casa sofría con depresión, tristeza. Yo lloraba mucho, fumaba a cada instante y el tal ángel sólo me decía: “¡Ve, fuma perra!” Eran exactamente esas palabras las que usaba: “Fuma, fuma, soy yo que quiero que tu fumes.”
Yo sólo pensaba en morir, morir. Muchas veces, intenté matar a mi hijo, pues el ángel quería matarlo. Él quería a mi hijo desde el día que nació. Llegué a abandonar a mi hijo en medio de la noche en un lugar llamado Mata dos Medos, donde se hacen trabajos de brujería, hechicería y otras cosas más. Pero el Dios misericordioso me llamó a la razón de madre y volví atrás, yendo a buscarlo.
Como me lastima traer eso a mi memoria de nuevo, porque aún hoy mi hijo, ya adulto, se acuerda de ese momento. ¡Oh, Dios!
Yo sólo pensaba en terminar con mi vida. ¿Cómo decirles a mis padres la vida que llevaba? ¿Cómo es que las personas irían a reaccionar? Si yo hablase del ángel, sería internada en el hospital. ¡No, no! Sólo la muerte era la salida.
De día era una profesora (bien disfrazada), pero completamente drogada. Y de noche yo era Amitaf, otra persona. Nadie con quien hablar.
Yo hablaba con mi madre, y ella, pobrecita, intentaba ayudarme. Nosotros íbamos a los brujos, todos nosotros íbamos. Pensábamos que era normal porque hasta los médicos nos mandaban hacerlo. Los brujos (medicina popular), usaban también un crucifijo, como en la iglesia. Nosotros pensábamos que habíamos encontrado la solución.
Sin embargo, lo cierto era que yo no conseguía que pare de molestarme. Yo era violada todas las noches por un hombre que nadie veía. Yo estaba por quedar loca. ¿Cómo salir de ese tormento? ¿Cómo? Estaba yo en un callejón sin salida.
Sólo la muerte me haría escapar de las manos de él, eso pensaba yo.
Muriendo, el ángel/demonio ya no me molestaría.
Nosotras éramos religiosas. Mi madre y yo hacíamos promesas a una imagen (de nombre Fátima). Gracioso como el tal ángel/demonio jugaba con nuestras creencias religiosas y ceguera espiritual.
Cuando me casé (si ustedes se acuerdan, en los capítulos anteriores), yo dije que él, el ángel, me mandó comprar una ropa especial de novia, un Sari indiano.
Mi Sari vino desde la India, tanto que las personas lo encontraron extraño. Las personas tenían la idea de creerme extravagante.
Ese conjunto de Sari había un manto que él, el ángel, me mandaba ofrendar a tal imagen de Fátima. Pensaba que estaba haciendo algo para ser feliz en mi matrimonio.
Un día, estando en casa de mi madre, con él siempre persiguiéndome, en mi cuarto de la infancia, el ángel/demonio estaba bombardeándome con ideas suicidas y me decía: “Voy a matarte. Voy a matar a tu hijo. ¡Voy a matar a toda tu familia!” Y comencé a decirle: “¡No vas! Tu no eres un ángel; eres malo. ¡Tu eres un puerco, te odio!” Él se enfureció y me empujó contra la pared. Mi madre lo oyó y me preguntó, yendo a mi encuentro: “¿Faty, quien está ahí contigo?” Yo le pregunte a mi madre: “¿Madre, usted me oyó? ¡Es él, él!”
A partir de ese momento, mi madre comenzó a ser atacada por él. Ella pasó a oírlo. Él nos decía que iría a matarnos a todos, a toda mi familia. Mi madre parecía una loca, estaba pasando lo mismo que yo, sólo que apenas yo lo veía y oía; ella apenas lo oía.
Llamamos a brujos y médicos. Mis familiares quisieron llevar a mi madre para el hospital. Yo grité: “¡No, nunca! ¡Nadie interna a mi madre!” Estábamos siendo blanco del tal ángel. Él quería matarnos a todos. A mi familia no le gusta hablar de eso, pues es motivo de vergüenza.
Yo estaba viéndolo decir a mi madre que iría a matar a los hijos. Él ahorcó a mi cuñada y mi sobrino pequeño lo vio.
El ángel empujaba a mi madre. Ella lo empujaba.
Vino un brujo a nuestra casa y nos dijo que toda la familia se reuniese en el pasillo e hiciéramos la oración del Padre Nuestro a la medianoche. Y así lo hicimos. Yo les decía: “Él está enfrente nuestro, diciendo el Padre Nuestro de atrás para adelante.”
Otro brujo fue a casa. Escupía fuego por la boca y casi quemó a mi madre. Pobrecita de mi madre, estaba siendo atacada por el ángel malo; él iba a matar a mi madre. Mi querida madre ahora también pasaba los días siendo atacada por él.
Otro brujo nos dijo que esfumaría con aquello estaba en la casa. Que nada. El tal brujo envió más (demonios, bichos), porque yo los veía; eran como animales deformados.
Esa noche, que el tal brujo habló que sacaría aquello de allí, pobre de mi familia: mi hermana estaba con mucho miedo; fue a dormir conmigo y con mi hijo. El descarado se instaló para vivir en nuestra casa.
Mi madre empeoró. Ella no sólo oía la voz del ángel, también la de todos los otros (ángeles malos) que estaban con él.
Yo nunca dejé que la internasen. Al mismo tiempo, el descarado del ángel continuaba molestándome y abusando de mi, diciendo que toda mi familia era de él.
Conversando con mi familia, quedé sabiendo que cuando era un bebé tuve un problema (yo aún estaba en São Tomé e Príncipe), y mis padres, pobrecitos, me llevaron a un curandero. Hoy yo se que fue por ser tan ignorantes del verdadero camino que esa acción repercutiría en el futuro. Fue cuando fui presentada y ofrecida a este dicho ángel. Nosotros no lo sabíamos.
Mi madre ya no podía salir a las calles porque, si ella lo hacía, el tal ángel intentaba matarla.
Un día, mi padre encontró una señora, amiga de la familia, que había oído hablar de lo que estaba pasando con mi madre y de cómo ellos estaban sufriendo con lo que me estaba sucediendo.
Ella le dijo a mi padre: “Vea, yo voy a un lugar. Es una iglesia adónde se hacen oraciones fuertes. ¡Quién sabe ellos consigan ayudarla!” Y dio a mi padre una revista llamada Maria, que tenía la dirección.
Publicado por Obispo Edir Macedo
Sexo con el diablo – Capítulo 7 y 8
“El texto que sigue es la continuación del testimonio de María de Fátima da Cruz Carvalho. Vea también los capítulos 1, 2, 3, 4, 5 y 6”
Termine escapando de mi marido y de la relación enferma de a tres (pero éramos cuatro porque solo yo veía al ángel/demonio).
Cinco años vividos con la amante, un hijo, y 10 años llenos de angustia, desilusiones, amargura, y con mucho odio. Un odio y un deseo de ver muerte, sangre. Yo solo tenía ansias de matar, así comenzó mi recorrido al infierno.
Conocí a alguien que me mostró el camino de la cocaína, pero antes de conocerla, consumí LSD, ácidos, Valium, Repenol, liamba, opio y además, tomaba unos comprimidos que me mantenían calma, pero en mi organismo causaba una reacción totalmente contraria. Así que los tomaba, yo destrozaba todo, y me volvía muy agresiva. Los médicos decían que era imposible y de no creer porque los remedios eran para dormir, pero el tal ángel me dejaba agresiva.
Después de haberme separado, día y noche solo planeaba la forma de matarlos. Tenía tanto odia, un odio ciego, al punto de hacer planes de como los mataría.
Llegué a pagarle a alguien para hacerlo, pero gracias a Dios esa persona conocía bien mi forma de ser y me devolvió el dinero, diciéndome: “Fátima, yo sé que no querés hacer esto.” Aun así quedé enfadada con él (pero menos mal que Dios no lo permitió).
El se rehusó a hacerlo. Así que, decidí hacerlo: le apunte el arma a la cabeza de mi marido. El descarado ángel/demonio me decía al oído: “Mátalo, mátalo. ¡Vamos, eres una cobarde; mátalo ahora, mátalo!”
Durante el día parecía normal. Volví a dar clases, pero a la noche era otra persona: Consumía mucha cocaína y fumaba base (crack), pero en cantidades exorbitantes por la noche.
Podría gastar, a aquellas alturas 600 “duros” (la moneda en Portugal, en esa época era la Lira) o más. Me envolví con gente muy peligrosa y de la alta sociedad.
En aquel momento, el tal ángel/demonio era señor de mi cuerpo, alma y vida.
Ahora era una loca disfrazada (yo solo quería que desapareciera de mi vida). El tal ángel/demonio no dejaba a ningún hombre que se me acerque. Cuando eso sucedía, el quedaba furioso: me pegaba, intentaba asfixiarme, casi me mató. Yo aparecía con hematomas y las personas decían que yo mismo me los hacia. Estaba en el abismo. ¿Cómo hablar de esto con alguien si nadie lo creería? Aunque yo iba a iglesias, brujos y cartomantes...
Pasé horas en una bañera cubierta con sabanas blancas y sangre de gallina derramada sobre mi cabeza. Cada vez que terminaba de hacer un trabajo, el descarado del ángel se reía de mí. Yo lo veía y él me decía: “Mata a tu hijo. ¡Vamos, mátalo!”
Intente varias veces matar a mi hijo (pero la misericordia de Dios no lo permitió). Cuando recuerdo estos momentos de mi vida, no consigo contener las lagrimas, porque la compasión de Dios fue grande.
Vivía atormentada día y noche. El me tiraba de los pelos, me empujaba, era un sufrimiento en silencio.
Cualquier hombre que intentase enamorarme, o si yo buscase a alguien, el ángel lo mataba. Sucedían cosas muy extrañas con ellos, que me obligaban a abandonarlos.
Yo andaba armada con una nueve milímetros (pistola automática) y un látigo; era muy agresiva. Golpeaba a los hombres con que salía. El ángel llevo a la cárcel a uno de mis enamorados sin causa o explicación. Otro sufrió un accidente fatal y murió. Cualquier persona que se me acercara estaría en peligro.
Mi vida era horrible. Yo solo quería cocaína. Inhalaba, fumaba crack, pero, como dije, era dos personas, dos personalidades. El mundo que me rodeaba desconfiaba, pero yo creía que lo tenía controlado. De día, parecía una persona normal, pero no lo era: fumaba más de 30 charros (haxixe y liamba) por día. ¿Cómo ser normal cuando estaba completamente drogada?
Publicado por Obispo Edir Macedo
Sexo con el diablo – Capítulo 6
“El texto que sigue es la continuación del testimonio de María de Fátima da Cruz Carvalho. Vea también los capítulos 1, 2, 3, 4, y 5
Por un tiempo pensé que el tal ángel había desaparecido. Intentaba llevar una vida normal. Era dueña de un restaurante y también hacía algo que me gustaba: daba clases en un gimnasio.
Pero, después de un tiempo, ahí estaba de nuevo, el tal ángel. Ahora el estaba más furioso como nunca lo había visto, y estaba siempre cerca de mi hijo. Yo no decía nada porque no quería ir otra vez al hospital.
Mi matrimonio continuaba siendo una mentira. Yo continuaba fumando drogas y, esta vez, consumía doce comprimidos por día.
Mi marido continuaba traicionándome y nuestra relación era pésima, aunque tuviéramos negocios (restaurantes, buenos carros). Todos pensaban que estaba bien – ¡MENTIRA!
Yo sufría una crisis nerviosa que él, ángel/demonio, se apoderaba de mi cuerpo, tanto que la madrina de mi hijo decía (cuando me calmaba): “¡Fátima, parecía que tenías al diablo en tu cuerpo!”
Mi marido embarazo a su amante, pero antes de ese embarazo ella ya había hecho un aborto de él. Yo sufría bastante, pero no lo dejaba. Yo quería hacerlo, pero mi madre me decía: “No, hija, divorcio no.” Entonces, yo aguantaba, siendo lastimada, humillada y atormentada.
Las drogas eran mi compañía. Fumaba más de 20 charros (hachís, marihuana, etc.) por día, junto con los 12 comprimidos.
Intente matarme por segunda vez. La primera vez, no pude. La otra vez tome una dosis alta de comprimidos con alcohol. Y sobreviví.
Ya no me importaba nada. Fingía ser feliz. Todo el mundo pensaba que ya había superado mis problemas. Mentira. Pero, unos pocos amigos veían que algo extraño sucedía en mi vida.
Otras pensaban: “¡Fátima es muy loca; es lo máximo!” Comencé a leer las palmas de las manos y les decía que era el ángel, pero ellos continuaban pensando que estaba sobre los efectos de las drogas. Y me decían: “estas fumando mucho, chica.”
El hijo de la amante nació. Otra puñalada en el pecho. ¡Que odio sentí!
Una mañana de mucho sol estaba preparándome para buscar a mi padre en cais de Alcântara. El ángel/demonio hizo que viera la foto del bebé en la billetera de mi esposo, y el tal ángel me dijo: “Vamos, vamos ahórcalo. ¡Ahorca a tu marido!”
Fui a ver a mi marido en la habitación e intente matarlo. Una discusión infernal comenzó. A esa altura, estaba con nosotros una amiga en casa que se quedo algunos días. Yo vivía cerca de la playa, entonces, varias amigas tenían el habito de pasar algunos días allí.
Mi amiga entro en mi habitación, lo sacó a mi hijo y lo llevó al patio. Yo tome un cuchillo para matar a mi marido y ella intentaba empujarme hacia fuera, al patio.
Solo sé que la que termino bañada en sangre fui yo. Por poco no quedé sin mano y paralizada. Toda ensangrentada, no sentí el corte (el descarado ángel estaba dentro de mi).
Todo esto fue pasando...
Publicado por Obispo Edir Macedo
Sexo con el diablo – Capítulo 5
“El texto que sigue es la continuación del testimonio de María de Fátima da Cruz Carvalho. Vea también los capítulos 1, 2, 3 y 4”
Me desperté por la mañana (Semana Santa) con el tal ángel intentando sofocarme. Salté de la cama y mi hijo se despertó. Estaba con hambre. Mi hermana y mi ahijada estaban pasando el feriado de la Pascua en mi casa. Ellas se despertaron con mis gritos, pues el ángel me atormentaba con un aire agresivo, diciendo: “Hoy voy a matarte y también a tu hijo.” Mi marido en el cuarto no daba mucha atención, pero quedaba con un aire asustado.
Las puertas y las ventanas de mi casa se trababan. Un viento movía las cortinas inexplicablemente y el ángel/demonio me decía varias veces que en aquel día yo moriría y se llevaría a mi hijo.
Los objetos se movían, intentando alcanzarnos, y él repitiendo varias veces que iría a matar a mi hijo. Yo le decía a mi hermana y a mi ahijada: “¡Vamos, vamos deprisa!” Pero las puertas no se abrían y no conseguíamos salir. Hasta que Dios nos ayudó y la puerta de la calle se abrió, pero la puerta del garaje no se abría. Era como si estuviésemos viviendo un filme de terror despiertas. No era imaginación, no era una pesadilla, era real y muy real.
Los niños estaban aterrorizados. Una tenía 10 años y la otra, 12. Y tengo que afirmar que esos niños no se drogaban, y lo que yo estaba pasando tampoco era efecto de las drogas, pues yo estaba acostumbrada a ver al ángel/demonio desde los 6 años – ¡NO ERA EFECTO DE LAS DROGAS!
Él iba a matarnos a mi y a mi hijo. Conseguimos entrar en el carro y huir (pensábamos nosotros), mas el tal ángel interrumpía el andar del carro. Yo manejaba a alta velocidad. Los niños se lanzaban sobre mi hijo para protegerlo. Una de las niñas era mi hermana. Habíamos traído al niño en pañales y apenas con un saquito. Yo intentaba ver a mi hijo, y con miedo de que él lo matase, conducía el carro desesperadamente. Fue Dios quien nos guió.
Al llegar a la casa de mi madre, intenté hablar, pero no salía sonido de mi boca. Yo sólo escupía, escupía; una saliva muy blanca. Y de esos momentos (porque existen momentos que yo no consigo recordar), supe por familiares que presenciaron esas cosas que escupía tanta saliva, que fue preciso ser usada una frazada. No estoy exagerando.
Nadie veía al tal ángel/demonio, pero me dijeron que yo hablaba con alguien. Hubo quien dijo que aquello era brujería, hechicería, plaga, pero lo cierto es que el tal ángel estaba allí, en el mismo cuarto, donde yo había hecho el pacto con él para matarme.
Él decía: “¡Dame todo el oro que yo te di!” Y me dijeron que yo tiraba todo el oro en el piso. Se llevaron a mi hijo lejos de mí, porque me dijeron que yo misma era quien quería matarlo. Hoy yo se que estaba completamente poseída por él (ángel). Él estaba dentro de mi cuerpo.
Llamaron a los médicos, que nada pudieron hacer. Hasta los brujos a los que me llevaron dijeron: “No podemos hacer nada en esta Semana Santa.”
Me llevaron a la Iglesia Católica, y nada pudieron hacer. Dicen que no conseguían controlarme. Estaba completamente poseída, loca, y que gritaba, gritaba y rasgaba toda mi ropa. Hasta que me llevaron para el Miguel Bombarda (hospital psiquiátrico). ¿Estaba loca?
Allá, reventé una camisa de fuerza. Tuvieron que atarme a la cama, y la cama se levantaba del suelo. Pasaron tres días y volví a un estado de normalidad. Toda mi familia, amigos, vecinos, fueron a visitarme. En aquel momento, yo sentía un odio hacía mi marido, de la familia de él, que hasta me dolía el pecho, y yo no conseguía saber porque lo odiaba tanto.
Una junta médica se reunió, me llamó y preguntó si yo estaba loca. ¡Respondí agresivamente que no! Entonces, ellos mandaron llamar a mis padres, y nos dijeron lo siguiente: “La hija de ustedes no está loca; no conseguimos encontrar ninguna explicación para lo que le sucedió. Nuestro consejo es que si ustedes quisieran, llévenla a la medicina popular (brujos).” Y al día siguiente me dieron el alta. Salí del hospital.
Publicado por Obispo Edir Macedo
Sexo con el diablo – Capítulo 4
“El texto que sigue es la continuación del testimonio de María de Fátima da Cruz Carvalho. Vea también los capítulos 1,2 y 3”
Mi angustia, mi soledad, mi frustración, me hacían ahondar en las drogas.
Después del nacimiento de mi hijo y cuando dejé de amamantarlo, comencé a fumar hachís otra vez, sólo que esta vez desaforadamente. Fumaba todo lo que me pasaba por delante y tomaba cerca de dos botellas whisky, pero lo malo es que no me emborrachaba.
Ese tal ángel/demonio se sentaba a mi lado y estaba siempre queriendo tocarme, acariciar mi cabello, y yo parecía una tonta, tenía miedo de hablar. Pero, en este momento, comencé a decir: “Epa, este ordinario está siempre queriendo tocarme”.
Las personas que se decían mis amigas se reían, no me creían y encima decían: “Oh, Fátima, estás fumando mucho”.
Ellos hasta creían que yo tenía dones, porque les decía cosas que sucedían. Pero, yo les decía que no era yo, era el ángel quien me lo decía. Pero esos tales amigos se reían a carcajadas. Me encontraban muy fumada (drogada). ¿Cómo podría hablar con gente que no me creía? Intenté explicarles, pero…
Ese tal ángel me dice al oído: “Vas a ser mía. ¡Eres mía! Voy a sacarte el marido, porque fui yo quien te lo dio”. No podía entender el motivo por el cual el ángel se había vuelto extraño y malo conmigo.
Él me decía: “Mata a tu hijo, ¡mátalo!”. Comencé a quedar aterrada, pero ¿cómo hablar de esto? Fui a un brujo y le pagué mucho dinero. Tuve que hacer trabajos, y nada, al contrario, ese tal ángel empeoró. Mi vida, aparentemente, estaba bien, pero estaba a punto de volverme loca. ¡Mi vida estaba en camino a desmoronarse!
Mi marido me traicionó con quien se decía mi amiga, que venía a mi casa y fue a la cama con él. Fue la gota de agua.
Todo se desmoronó, mi corazón se partió. Sólo quería morir. El ángel/demonio sólo me decía. “Ve, mátate. ¿No ves que él no te quiere? ¡Ve, mátate! Él te cambió día y noche”.
Él me decía: “Ve, termina con todo.” Él me lo decía en todo momento. Y mi vicio por las drogas aumentaba día tras día. Sólo buscaba una salida, era un tormento.
Muchas veces rompía todo en casa, debido a las crisis nerviosas de posesión. Y él, el ángel/demonio me atormentaba día y noche, diciéndome: “Dame tu hijo”. Yo gritaba en casa, y ese tal ángel se reía de mí en mi cara y yo le tiraba cosas. Pero, ¿cómo acertar si él desaparecía y aparecía nuevamente? Iba a volverme loca. Y ese Rangel me decía: “¿No ves que nadie te quiere? Ve, mátate. ¡Mata a tu hijo y termina con todo!”.
Y mis días continuaban así: aparentando ser una persona feliz en la calle y escondiendo mi sufrimiento, mi tormento, en el hachís, la marihuana, el alcohol, quedando cada día más flaca y muy enferma, mientras que mi marido pasaba horas, días y semanas con otra mujer.
Teníamos una relación de a tres, pero sólo yo sabía que éramos cuatro, pues el ángel/demonio era mi figura principal.
A esta altura, intenté por primera vez un suicidio. Tomé lavandina, pero la madrina de mi hijo me encontró a tiempo, y no morí. Sufrí mucho, pues me quedó la garganta dañada.
Para sentirme mejor, y después decidir hacer cualquier cosa, contraté una empleada más, que un tiempo después me pidió que bautizara a su hija (aparte de tantos problemas, para la sociedad en la que vivía yo era una figura exitosa, siempre en fiestas, autos, viajes, mucha droga. Para ellos yo era lo máximo). Mentira, apariencias, frustración. Todo era una puesta en escena.
Esta empleada presenciaba varias situaciones en mi casa: huevos debajo de la cama, fotografías atadas a los pies de mi cama, cosas inexplicables. Cuando yo llegaba a casa, ella intentaba explicarme o intentaba ella misma entender, pero lo me daba vuelta y le decía: “Voy a fumar un charro porque este ordinario está queriendo enloquecerme”. Y ella me preguntaba: “¿Qué ordinario? ¿Su marido?”. Y yo le respondía: “Ese también, pero estoy hablando de este que está aquí ahora”. Y ella me preguntaba: “¿Pero, quién?”. “Este”. Y ella se daba vuelta hacia mí y decía: “Ay, mi Dios, usted está mal”. Y yo, muchas veces, gritaba, pero ella no entendía nada.
El fin de esta empleada fue drástico: su marido se ahorcó frente a su hija de 5 años. Yo sabía que era él, el ángel/demonio, que hacía pasar estas cosas. ¿Pero cómo decirle esto a las personas?
En este período de mi vida mi sufrimiento aumentó, pero mi éxito era cada vez mayor. Mi ángel/demonio me cambió el nombre. Me dijo: “A partir de ahora tu nombre artístico será Amitaf (Fátima al revés)”.
Él me dio el don de poder escribir todo al revés y el de la falsificación. Falsificaba cualquier nombre, era una cosa extraña, pero me gustaba, pues parecía que ese ángel era otra vez bueno.
Ese nombre, Amitaf, llegó a la boca de las personas muy rápido y aceptable. Conocí a un estilista muy famoso, hice un curso de modelo, etiqueta.
Me senté a la mesa con presidentes, ministros y conocí gente de la alta sociedad. Fue a esta altura que conocí a un individuo que formaba parte de la revista Playboy. Más tarde me crucé otra vez en mi camino con este individuo.
Continuaba aparentando un matrimonio feliz, pero de mentira, falsedad. Estábamos en el año de 1985/1986. Era abril, Semana Santa. Los dolores de cabeza eran constantes, pero en esa altura aumentaron.
Fui a un brujo y quedé peor. A cada paso que daba, parecía que una bomba estallaba en mi cabeza. Quedé en cama y, a mi lado, el ángel/demonio estaba mirándome.
María de Fátima da Cruz Carvalho
Publicado por Obispo Edir Macedo
Sexo con el diablo – Capítulo 3
“El texto que sigue es la continuación del testimonio de María de Fátima a Cruz Carvalho, que comenzó a ser publicado en el post anterior”
Al principio, todo parecía un mar de rosas. Parecía una mujer feliz con un matrimonio perfecto.
Mi matrimonio era envidiado por muchos, pero mi día a día era una mentira. Dentro mío existía un vacío, una tristeza, un dolor, una alegría fingida.
Un año después, quedé embarazada. Fue un embarazo planeado, pero al quedar embarazada comenzaron a surgir problemas que no podía entender. Mi marido empezó a estar más distante y el ángel más cerca. Yo era una mujer independiente, con formación en Educación Física, pero era muy obstinada. Insistía en trabajar, aún estando con la panza ya grande. Por otro lado, mi marido insistía en quedarse en casa.
A esa altura, el ángel comenzó a acostarse en nuestra cama con nosotros. Comencé a tenerle miedo, al punto de que, muchas veces, rechazaba a mi marido (porque ese ángel estaba allí, en medio de nosotros). Mi marido pensaba que las cosas que decía eran hacia él. De esa forma, se volvía agresivo conmigo.
Muchas veces, sentía una mano acariciando mi panza. Pensaba que era mi marido. Pero cuando abría los ojos y veía que era ese ángel, gritaba.
El ángel me decía: “Fátima, vas a ser muy rica, pero tienes un precio que pagar”. Yo no entendía nada.
A esa altura, ya había dejado de consumir drogas porque tenía a mi hijo en el vientre. Pero tenía ataques muy extraños, desmayos, crisis nerviosas. Aparentemente estaba bien de salud, pero yo era muy nerviosa; todo me irritaba, sentía dolores de cabeza, pero muchos me decían que era normal.
Mi hijo nació en noviembre. Fui financieramente muy rica y los problemas se multiplicaron. La envidia de los que me rodeaban era clara, sólo yo no la veía.
Ese tal ángel pasó a estar constantemente, día y noche, a mi lado. Los desmayo, las crisis nerviosas, la angustia, todo aumentó. Sentía una soledad interior. Lo extraño era que yo tenía dinero, una casa bonita junto al mar, empleadas, un lindo hijo, pero sentía un gran vacío. A pesar de esa tristeza que me consumía, tenía que fingir que era feliz.
Estaba siempre indispuesta. Un día estaba normal, otro día, con dolores, y nadie podía encontrar la causa se esa indisposición. Tenía dolores de cabeza, sentía que todo a mi alrededor me apretaba el cráneo. Mi marido comenzó a tomar. Lo encontraba muy apartado de mí. Empezó a prestarle más atención a los amigos que a nosotros (mi hijo y yo). Teníamos mucho dinero y éramos muy inexpertos. Estábamos en 1983 / 1984.
El ángel estaba ahora intentando tocarme. Varias veces le decía: “No me toque. ¡Salga de aquí!”. Nadie lo veía, solamente yo. ¡Que perturbación! ¿Cómo hablar de eso con alguien? Yo comenzaba a pensar en cómo huir de aquel que se estaba convirtiendo tan aterrador para mí. Estaba sintiendo otra vez mucho miedo, el mismo miedo que sentía cuando era niña.
María de Fátima da Cruz Carvalho
Publicado por Obispo Edir Macedo
Sexo con el diablo – Capítulos 1 y 2
El texto que sigue son los dos primeros capítulos de un testimonio impactante, que cuenta la terrible experiencia de María de Fátima da Cruz Carvalho – nacida en Santo Tomé y Príncipe y criada en Portugal – con fuerzas malignas que la atormentaban desde la infancia. El contenido completo será publicado en un libro por la Editora Gráfica Universal.
Noche oscura, siento miedo. Un frío intenso. Un nudo en la garganta. Quiero ir al baño, pero si me destapo la cabeza él me va a agarrar. Hay un hombre vestido de blanco atrás de la puerta.
Todo empezó cuando yo todavía era una niña- Tenía seis años de edad. Dormía siempre con la cabeza tapada. Todas las noches un hombre se escondía detrás de la puerta de mi cuarto.
Nunca podía dormir. Sentía mucho miedo de que él se apoderara de mí. Sudaba, temblaba. Esperaba que mi madre se despertara para que pudiera correr, apenas ella encendiera la luz del pasillo. Mi madre siempre se levantaba temprano.
Muchas veces, mi madre me mandaba a la cama de nuevo, pero yo ya no volvía. No tenía coraje. De esta forma, pasaba una noche más sin descansar.
Yo era una niña de varias personalidades. Es muy importante que los padres le presten mucha atención a los niños, principalmente cuando están hablando solas y dicen que tienen un amigo imaginario. Yo, desde chica, cambiaba de personalidad. A veces, sin razón aparente, me sentía triste, sin saber el motivo. Vivía siempre con miedo de que llegue la noche y tener que ir a la cama. Y de esta forma fui creciendo.
En una cierta noche de verano, muy calurosa, yo transpiraba mucho. Cubierta mi cabeza con la sábana, intentaba, bien despacio, de destaparme la cabeza, pero luego me vino la imagen de ese hombre que intentaba acercarse a mí. A esa altura, ya tenía 12 años de edad.
En esa misma noche, decidí que tenía que ir al baño; hacía realmente mucho calor.
Me destapé la cabeza y lo vi aproximarse a mí. El hombre, esta vez, estaba todo vestido de negro; se sentó en mi cama y me dijo: “Yo soy tu ángel de la guarda. Si hicieres todo lo que te diga, tendrás éxito, dinero, fama y todo lo que quieras”.
Le respondí: “sí”.
Me levanté aún temblorosa y fui al baño. A partir de ese momento, no tuve más miedo (de él).
Todo comenzó a cambiar en mí a partir del día siguiente al pacto con él. En aquel momento, yo no sabía que se trataba de un pacto, pero, lo cierto es que lo hice.
Como era verano y estábamos de vacaciones en la escuela, mi mamá me dejó ir a un parque llamado Muxito. Al llegar, encontré algunos compañeros que estudiaban en la misma escuela que yo. Les pregunté qué hacían allí. Una de ellas me respondió: “¡Ven Fátima! Vamos a fumar un charro (cigarro de hachís).”
Sin saber de qué se trataba aquella expresión, les pregunté qué era eso. A lo que me dijeron: “¡Ven, vas a ver como te vas a sentir bien! Prueba.”
Este fue el comienzo de mi camino con las drogas. A los doce años fumé opio. Me sentí adormecida. A partir de ese día, mi forma de vestir, hablar y de ser comenzó a cambiar radicalmente. En la calle era una persona, pero en casa era otra, siempre viendo a ese tal ángel, y él constantemente cerca de mí.
Yo y el “ángel” conversábamos mucho. Al principio, quien me oyera, pensaría que tenía un supuesto amigo imaginario. Él me dijo su nombre: Pailac. Estábamos en 1972.
No puedo decir que era la mejor alumna de la escuela, pero en una disciplina en particular yo era la mejor: Educación Física, más precisamente, gimnasia. Superaba las expectativas de los profesores, ganaba todas las pruebas a las que era sometida, y el “ángel” siempre conmigo.
Fui conociendo nuevas drogas: marihuana, hachís, LSD, etc. Hablaré de las drogas en los capítulos siguientes.
En este tiempo tuve varias experiencias y creía realmente que él era mi ángel de la guarda. A los 16 años, subí a un escenario para realizar un espectáculo con un cantante conocido. Conocí personas importantes. Cuando alguien me desafiaba diciendo: “¡Ah, no lo vas a lograr!”, les respondía con convicción: “¡Vas a ver si no voy!”, Bastaba con querer y el ángel me decía: “¡Vas a tenerlo!”. Y de hecho lo tenía, porque él lo hacía suceder.
Me convertí en una persona extravagante, decían los demás. Era muy altiva y arrogante, pero, al mismo tiempo, cambiaba fácilmente cuando me convenía.
Tenía dos amigas y vecinas de la infancia que venían a mi casa desde niñas (no cito sus nombres porque no es necesario). Ellas sabían de la existencia de “Pailac” y me pedían que le preguntara cosas. Ellas no lo veían, pero sentían su presencia y veían objeto moviéndose varias veces. Hoy creo que él las usaba.
Esas amigas mías tuvieron un final muy triste en el transcurso de sus vidas. Una fue prostituta y la otra se envició profundamente con la heroína.
El “ángel de la guarda” me decía que iba a ser muy rica y que sólo me casaría con el hombre que él me dijera. Y así sucedió. En 1982 me casé, aún contra la voluntad de mis padres y para el espanto de todos los que me conocían.
No sé como me apasioné. A esa altura, estudiaba a la noche en Pragal. Fue una pasión insalubre.
Quedé locamente apasionada de un año para el otro; una cosa rara. Es que yo lo conocía y no gustaba de él, pero de repente me apasioné. Hasta una compañera que sabía cuánto me irritaba, me dijo: “Que cosa, Fátima, no lo soportabas, pero quedaste así, ¡tan enamorada de él!”. Hoy entiendo que fue el ángel.
Mi marido venía de una familia rica. Mi casamiento fue una gran fiesta. El ángel dirigió todo, hasta mi vestido de novia fue elegido por él. El ángel ya se había apoderado de mi vida, pero yo no lo sabía.
El día de mi casamiento, recuerdo perfectamente que fui al cuarto de mi madre y me arrodillé. Lloré mucho. Mi madre entró en la habitación y me preguntó qué estaba pasando. Le respondí que sentía tristeza y no sabía el motivo. En ese momento, recuerdo haber visto al ángel mirándome, sonriendo, pero yo no entendía.
María de Fátima da Cruz Carvalho
Publicado por Obispo Edir Macedo
La 4ª arma del diablo
El diablo tiene tres armas para acabar con el hombre y la mujer de Dios que están o quieren ir hacia el altar. Pero, existe una más que es fatal, y si el hombre y la mujer de Dios no vigilan, caerán por ella.
1. La primer arma del diablo es poner mujeres en el camino del hombre de Dios, y hombres en el camino de la mujer de Dios. El diablo hace eso para debilitar al hombre o a la mujer de Dios.
2. La segunda arma usada por el diablo puede hasta parecer una bendición de Dios, que es la prosperidad. El diablo hace eso para que la persona prospere y pierda el brillo por la obra de Dios en el altar, porque él sabe que si esa persona llega al altar será un éxito rotundo. Observación: Tenemos que tener una vida bendecida antes de ir al altar, pero, sin sacar la mirada de lo que queremos, que es salvar almas.
3. La tercer arma es el orgullo, pues el diablo logra cegar a la persona, haciendo que no perciba que es orgullosa, porque un orgulloso, la mayoría de las veces, no sabe que es orgulloso.
Ahora vamos a nuestra historia para que usted descubra cuál es la 4ª arma usada por el diablo para destruir a los que hacen la obra de Dios.
Había un pastor en una iglesia que tenía éxito en todo lo que hacía. Tenía comunión con Dios y andaba en santidad, orando, ayunando y leyendo la Biblia. Donde el iba, se desarrollaba el trabajo. Y más, muchas personas se convertían, pues allí había cura, milagros, etc.
El diablo, viendo esto, hizo una reunión en el infierno y envió su primer demonio, la Pombagirada. Y ella le dijo al pastor: ¡Te voy a derrumbar!
El pastor amarró lo que el demonio había hablado, oró, ayunó leyó la Biblia, fortaleció su matrimonio, y ella se fue.
El diablo convocó otra reunión y resolvió mandar al Oxuavaricia para llenar los ojos del pastor de ambición material. Nuevamente, el pastor oró, ayunó, leyó la Biblia, sacrificó todo lo que tenía y el diablo cayó por tierra.
Indignado, el diablo envió Oxuorgullo para llenar el corazón del pastor de orgullo. Pero el pastor oró, ayunó, leyó la Biblia, y se humilló delante de Dios. Y, una vez más, el diablo cayó por tierra.
El diablo vio que todos sus intentos habían sido frustrados. Enojado, decidió mandar a esos tres demonios a la iglesia de aquel pastor para ver dónde se equivocaba. Y para allá fueron, sólo estudiando y marcando sus pasos.
Un día, los tres demonios, aún sin haber conseguido nada que pudieran usar contra el pastor, vieron pasar a otro demonio por aquella iglesia. Venía él de lejos, lentamente, usando bastón, con un aspecto cansado. Y los tres demonios comenzaron a burlarse de él. “Viejo cansado, ¿qué estás haciendo por acá?”. Y entonces le preguntaron su nombre.
Él miró de reojo, se rió de forma sarcástica y dijo: “¿Mi nombre? Yo soy el OXUTIEMPO. Y ustedes, ¿qué hacen por acá?”.
Y los otros demonios le contaron su misión y cómo habían fracasado hasta ese momento. Y entonces, le dijo a los tres: “esperen que yo les voy a dar la orden para cuando deban actuar”. Y dijo más: “No tengan prisa, porque yo sé cómo trabajar”. Y aquel demonio empezó a actuar sutilmente.
Primero, le sacó el tiempo al pastor, llenando su agenda de cosas para hacer. Luego, él no tenía más tiempo para ayunar, y se debilitó. Después, le sacó el tiempo para leer la Biblia, y él no escuchó más la voz de Dios. Y sin oír la voz de Dios, su comunión se enfrió. Entonces, fue ahí que ese demonio dio la orden para que los otros entraran en acción. Y, así, aquel pastor que era un éxito rotundo, cayó.
El tiempo es la 4ª arma usada por el diablo para enfriar la fe de los que perseveran. A veces, él nos atarea mucho. Otras, él hasta provoca un falso sentido de bienestar, hace que las luchas cesen por un tiempo para que nos acomodemos en la fe. Y es así que él nos derrumba.
Recuerde siempre de dónde vino, de dónde salió, y de lo que Dios hizo en su vida para mantenerse siempre en la fe. El vencedor no es el que empieza, sino el que termina.
Obispo Renato Cardoso
Publicado por Obispo Edir Macedo




