"No elegimos venir al mundo, pero tenemos derecho de elegir donde vivir la eternidad."
12
Abr2010

Segundo Amor

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No sentir más esa emoción del primer encuentro no significa, necesariamente, abandonar el primer amor. La alegría de la salvación, liberación del pasado y de la mala conciencia, el enorme deseo de salvar a otros, hacer la voluntad de Dios y obedecer Su Voz, son algunas características de la fe activa. Ellas proporcionan la experiencia inolvidable del primer encuentro con Dios. Pero, en la práctica, el primer amor se destaca por el deseo de ganar almas. Quien nace del Espíritu quiere, como mínimo, lo mismo para sus semejantes. Cambiar esa perspectiva significa el abandono del primer amor.

El paso de los años enfrió a muchos del objetivo inicial. Su visión espiritual de los perdidos cegó y dio lugar a la visión de sí mismos.

Y ahí se cumple la profecía: “El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 10:39).

Publicado por Obispo Edir Macedo

5
Abr2010

Simbolos de la alianza con Dios

Publicado por Obispo Edir Macedo

19
Mar2010

Fe + Amor = Fidelidad

Publicado por Obispo Edir Macedo

9
Feb2010

Viviendo el amor

Publicado por Obispo Edir Macedo

27
Ene2010

Es posible ser feliz en el amor…

Publicado por Obispo Edir Macedo

17
Ene2010

La Ciega

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Había una muchacha ciega que se odiaba por el hecho de haber nacido ciega. También odiaba a todos, excepto a su novio.

Un día, ella dijo que si pudiera ver al mundo se casaría con él. En un día de suerte, alguien le donó un par de ojos, entonces, su novio le preguntó: “Ahora que puedes ver, ¿te casarás conmigo?”.

La muchacha quedó shockeada cuando vio que su novio era ciego. Ella dijo: “lo siento mucho, pero no me puedo casar con vos porque eres… ciego”.

El novio, apartándose de ella, con lágrimas, dijo: “Por favor, sólo cuida bien a mis ojos. Eran lo mejor que tenía”.

Nunca desprecie a quien le ama. A veces, las personas hacen ciertos sacrificios y ni los consideramos. A pesar de que Jesús dio toda Su vida, aún así, la mayoría lo desprecia.

Publicado por Obispo Edir Macedo

7
Ene2010

Fidelidad

Publicado por Obispo Edir Macedo

3
Ene2010

El Secreto de un Matrimonio Feliz

Publicado por Obispo Edir Macedo

24
Dic2009

El verdadero amor nunca se termina

Publicado por Obispo Edir Macedo

15
Dic2009

Cuando Dios nos muestra el libramiento

El día amaneció caluroso y lluvioso, uno de aquellos viernes de verano que prometen ser largos y desgastantes. El tránsito, durante la mañana, hacía más lejano cualquier destino, principalmente para quien se exprimía en un ómnibus repleto.

En aquel día, Mariana*, secretaria ejecutiva de una empresa internacional de tamaño mediano, sabía que enfrentaría dos reuniones complicadísimas y que probablemente tendría que sacrificar su horario de almuerzo para cumplir con todas las cosas pendientes que llenaban su agenda. Después de horario, ella tendría que atravesar la ciudad para dar una clase particular de inglés, actividad extra que tenía para complementar sus ingresos.

El trayecto hasta la casa de la alumna de Mariana parecía más un trastorno que un camino. Ómnibus repleto, parada, cargando libros pesados y sufriendo el principio de una terrible jaqueca. A pesar de su usual buen humor, que siempre pareció ser a prueba de adversidades, un pensamiento le vino a la mente en forma de murmullo: “¡Qué día, mi Dios!”.

Después de una hora de micro y otras diez cuadras a pie, Mariana finalmente llegó a su destino. La clase transcurrió normalmente, hasta como un refrigerio en medio de tantas dificultades. Al intentar salir del edificio de su alumna para, finalmente, ir a casa, Mariana fue sorprendida por el portero, quien le advirtió: “Tres ladrones acaban de asaltar a una persona enfrente del predio. Ellos me amenazaron de muerte si llamaba a la policía y dijeron que volverían. Es mejor que nadie salga hasta que todo se calme”. “Esto no puede estar pasando”, pensó Mariana.

Media hora después, ella decidió salir del edificio, no quedaría a merced de ladrones. Mariana usó su fe como escudo de oro para que Dios la volviera invisible a los ojos de cualquier enemigo y alejase de ella todo peligro. Era 31 de octubre, fecha en la que muchos celebraban el día de brujas, costumbre inoportunamente importada de los norteamericanos por los brasileños. Por las calles, personas vestidas de negro, disfrazadas de monstruos y hechiceras, circulaban con botellas de bebidas alcohólicas, en un escenario digno de una película de terror.

Con pasos firmes y decidida a llegar a casa cuanto antes, Mariana caminaba en dirección a la parada del ómnibus cuando, para su casi desesperación, vio al colectivo pasar veloz. El próximo demoraría más de 30 minutos. Pero, a pesar de todos los contratiempos, del dolor de cabeza que ahora acompañaba al hambre y del hecho de estar muy lejos de casa, la muchacha no podía entender qué paz era esa que invadía su corazón. Era absurdo estar tranquila después de un día como aquel. Pero, Mariana estaba inexplicablemente calma.

Cuando finalmente llegó el otro ómnibus, ella se sentó, abrió un libro y deseó que por lo menos las últimas horas de aquel día fueran más agradables. Casi llegando a su destino, en una de las principales avenidas de la ciudad, Mariana vio luces rojas parpadeando, un movimiento extraño y empleados de la empresa de tránsito haciendo señales a los vehículos que se acercaban. Fue cuando ella reconoció, parado en la calle, al ómnibus que había perdido anteriormente. Tenía el lado derecho totalmente destruido después de chocar con un camión.

En aquel momento, ella pudo entender con claridad, en su corazón, lo que sucedió. Era como si Dios amablemente le dijera: “Mi hija, esta vez Yo permití que vieras mi libramiento”.

Mientras que, muchas veces, nuestros ojos sólo ven problemas y pensamos que estamos en medio del caos, perdemos la oportunidad de vivir la maravillosa experiencia de estar en los brazos acogedores y protectores de Dios.

*Esta historia es verídica y sólo el nombre del personaje fue cambiado porque su identidad no importa. Lo que importa es el amor de Dios.

Publicado por Obispo Edir Macedo

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